martes, 1 de diciembre de 2009

El templo II: La revelación.

Parece el título de una segunda parte absurda, en la que el hijo bastardo del malo de la primera parte decide vengar la muerte injusta de su padre (este solo había puesto una bomba en un colegio y matado a la mujer y a la hija del protagonista), usando un complejo plan para privar al héroe de toda la paz que creía haber conseguido matando al terrible asesino. Seguramente, durante la trama, el protagonista consiga superar definitivamente su perdida, encontrando a una joven y exótica amante, que probablemente será policía, científica o cajera de supermercado, pero que seguro tendrá esa habilidad única que al final la hará imprescindible para que todo se solucione satisfactoriamente... o peor, felizmente. Dejándote con un muy mal sabor de boca y pensando “Pero si tu mujer y tu hija murieron hace solo una película. Degenerado…” o, quizás, si eres amigo del refranero, “El dolor del viudo, intenso pero corto”. Nada que ver con esto, y si sois capaces de encontrar alguna similitud en esta entrada, será por casualidad o por demencia.

No se si en algún momento he explicado el sentido del título del blog, de todas formas conviene que revele los “secretos” que se esconden detrás de este. Es muy simple, Delhi Belly es como popularmente se llama a los problemas de estomago que, en un momento o en otro, todo los visitantes de esta ciudad acaban teniendo. Así que la traducción de “My Daily Delhi Belly” sería “Mi dolor de barriga diario”, que pretende ser una divertida metáfora de todos los problemas que te encuentras en Delhi (y por extensión, en el resto de la India) siendo extranjero. Pues a mi ya no me hace ni puta gracia, esa es la verdad.

La semana pasada, el miércoles, vinieron a comer dos amigos a casa, Mukund y Roanna. Como estábamos un poco liados (muy perezosos para cocinar), decidimos llamar al Cosy, un restaurante de comida mongola que hay cerca. Pedimos noodles y pollo Manchuria, y abrimos un par de tupper wares que había en la nevera. Toda la comida estaba exquisita, aunque no calenté el arroz lo suficiente en el microondas, culpa mía. Cuando terminamos con el propósito de su visita, que en realidad no era el de comer pollo Manchuria, noodles y arroz frio o más bien templado, se fueron a casa. Después de la comida, tengo que decir que me quedé lleno, que, en mi opinión, es un poco peor que satisfecho. Esta sensación se mantuvo todo el día, así que fui prudente y cené algo ligero, pero con todo, me acosté algo incomodo. A las siete de la mañana del día siguiente, un ruido profundo y cavernoso me despertó. Miré a Gabi, pero ella seguía dormida. Cerré los ojos de nuevo e intente dormirme, ya que soy de esos afortunados a los que es imposible robarles el sueño, pero de repente aquel ruido, que de tan grave que era, tenía presencia, volvió a despertarme. Esta vez sonó muy cerca, como si estuviera en la cama con nosotros. Del susto me moví y automáticamente identifiqué el origen del ruido, era mi estomago suplicándome que me fuera corriendo al baño.

El dolor de barriga no desaparecía, así que, como hace todo el mundo, pensé “¿Que haría mi madre si estuviera aquí conmigo?” (Que es seguramente lo mismo que piensa un león en la sabana cuando ve a un antílope despistado). “Darme una manzana rayada, pero como yo ya soy mayor me la puedo comer a mordiscos”. No se si la manzana o mi estomago decidió que no debía completar el viaje y en menos de una hora me tenía de rodillas, abrazado al retrete y pensando “¿Que te costaba quedarte dentro, si hubieras acabado en mismo sitio?”. La operación se repitió en varias ocasiones durante el día, con la manzana, un yogur, un té de manzanilla con miel y el litro de agua que supuestamente debía de tomar para no deshidratarme. Como ya se sabe, el dolor intenso de barriga te hace decir cosas como “Quiero morirme sin confesión” o “Que poco voy a dejar a la humanidad, un blog y el piloto de un reality… siempre podrán decir que era una gran promesa”. Entre retortijones, busqué los síntomas del cólera en Internet, y solo una llamada a la cordura de la saludable Gabi, me acabó convenciendo de que esa no era la razón de mi posible muerte prematura.

En una de estas visitas forzosas y urgentes al servicio (¿no lo son todas?), estando de rodillas, abrazado a nuestro nuevo WC, tuve la revelación a la que hace referencia el título. Miré a mi alrededor, miré la situación geográfica del retrete, me vi a mi mismo y me di cuenta de que, en esta vida, todo, hasta los hechos mas fortuitos, tiene un sentido divino. Mi cuarto de baño era un templo dedicado al retrete y yo, de rodillas, estaba rindiéndole el culto que tan agnósticamente le había estado negando. Me había estado burlando de él y ahora la divina providencia me estaba haciendo pagar mis blasfemias y además me hacía entender el título de mi propio blog... aunque quizás fuera el pollo Manchuria. Me imagino que esto deja el marcador a India 112, Antón 0… ¿Lección aprendida?

PD: También he descubierto porque debería de poner incienso en mi templo, lo de las flores no me explico todavía.

Querida Jujui, empecé a escribir esta historia pensando en dedicártela y al final se me olvidó, espero que aceptes la corrección como si hubiera sido parte del texto desde el primer momento. Esta entrada se la dedico a la única persona que conozco personalmente que ha tenido la fiebre porcina y que ha sobrevivido solo para garantizarnos que, hasta donde ella sabe, no es parte de una conspiración gubernamental.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Adventures and Misadventures of a Mexican Chef in Delhi. Trailer 2

Algunos de los lectores parecía querer algo mas largo, espero que disfruten de este clip.



martes, 27 de octubre de 2009

Adventures and Misadventures of a Mexican Chef in Delhi

Esto es lo que me tiene tan ocupado últimamente ¿Os lo podéis creer?

domingo, 25 de octubre de 2009

El templo.

Parece estar comprobado que mudarse es una de las actividades mas estresantes por las que puede pasar un ser humano. No hay forma de hacer que no sea una experiencia terrible. Da igual quien seas, siempre va a salir algo mal y después algo peor, si eres pobre, porque te va a salir carísimo o vas tener que cargarlo todo tú y si pides ayuda no puedes decirle nada a los vagos de tus amigo que siempre llegaran tarde y se irán temprano. Si eres rico, porque tienes demasiadas cosas y la mitad se van a perder. Si estás, porque eres responsable de todo y si no estas es como si fueras rico, tendrás suerte si vuelves a ver tus pantalones favoritos… igual en la próxima mudanza si contratas al mismo tipo que te hizo la primera mudanza. Cuando eres soltero puedes llevarlo con cierta entereza, la mayoría de las cosas que acumulas son porquerías que se instalaron en tu cuarto porque sabían que su próximo destino era la basura. Pero cuando no lo eres, cuando tienes pareja o estás casado en algunos barrios de la capital de la India, tu casa deja de ser un refugio de objetos en estado terminal y se convierte en un lugar lleno de cosas útiles, que además funcionan, microondas, horno portátil, cacharros de cocina (todos tienen nombres y utilidades concretas que sueles desconocer)… y se presupone que todas esas cosas están destinadas a irse contigo allá donde vayas, porque sino no estarían en tu casa contigo y con tu novia (esposa en varios barrios de Delhi). De eso no te enteras hasta que tienes que mudarlas a tu nueva casa, tu solo (por razones totalmente justificadas… injustas, pero justificadas). Y como ya he dicho antes, eso te convierte en responsable de todos esos objetos. La peor parte se la lleva la otra persona, la que no estaba, que parece haber perdido todo derecho a quejarse cuando no encuentra ninguna de esas cosas útiles que se suponía que se habían mudado también, ya que al que le ha tocado el rol de porteador responderá sistemáticamente a cualquier conato de recriminación diciendo: “No sabes lo duro que ha sido, una de las actividades mas estresantes de mi vida”.

Bien, hasta aquí, estás podrían ser algunas de las implicaciones de una mudanza en cualquier parte del planeta, pero en la India, donde se supone de antemano que las cosas pasan en medio de un maravilloso caos, como a los incondicionales del optimismo (y a algunos del masoquismo) les gusta llamarlo, aunque también podrían decir bellísimo Apocalipsis o en una agradable tortura, todo puede alcanzar dimensiones bíblicas.

Cuando entras en tu nueva casa, cuatro días después de lo acordado porque la estaban limpiando y arreglando, descubres que lo único que han hecho ha sido pintarla, que por alguna razón, limpiar y pintar se han convertido en sinónimos o que igual, en hindi, siempre lo han sido. En cualquier caso esto ofrece a la persona que no pudo hacer la mudanza (por razones justificables), una vía de escape para no matar a su compañero experto en chantaje emocional.

Me imagino que, a estas alturas, os habréis dado cuenta de que no hablo en sentido figurado. De que Gabi y yo nos hemos mudado, y de que justo cuando Gabi se tenía que ir a México, el “@#$%,&” de nuestro antiguo casero decidió echarnos de casa (esta vez por razones injustas y poco justificadas). Pensareis “¿Quién? ¿Ese anciano tan agradable que los recibía metido en su cama con su director de banco? No es posible”, pues lo creáis o no, si que lo es.

La cuestión es que hemos encontrado un bonito apartamento en Hauz Khas, cerca de la oficina de Gabi, con un mercado enorme cerca de casa y con guardias muy simpáticos que no dudan en pedirnos el aguinaldo de Diwali (la navidad/fin de año hindú, por la que pasamos hace una semana), antes incluso de saludarnos.

El piso estaba en buenas condiciones, equipado con electrodomésticos tan modernos como uno al que llaman lavadora, que al parecer lava la ropa sola, solo tienes que llenarla de agua, echarle jabón, ponerla en funcionamiento durante quince minutos, después vaciarla, volver a llenarla de agua, echarle suavizante, ponerla otros diez minutos y después de vaciarla… esto no os lo vais a creer… después pasas la ropa a otro cubo llamado centrifugador que en solo cinco minutos hace que la ropa pase de estado empapado a ligeramente húmedo… ¿Ya hemos pasado el siglo XXI o que? por que ahora me da la impresión de que vivo en una película del espacio.

De los pocos problemas que encontramos en nuestro nuevo hogar, los peores fueron la ausencia de timbre y el baño del dormitorio. Se lo dijimos a nuestra casera y no puso ningún problema en arreglarlo. Para eso nos mando a un par de tipos que se ocuparon de todo, lo que nos gusta llamar “manitas” o “chapuzas”. Lo primero de lo que se hicieron cargo fue del timbre y hoy mismo han venido a instalar el retrete y el lavabo nuevo (que por razones de seguridad me he negado a manipular). En lugar de aquel horrible retrete verde hospital, nos han traído un moderno diseño en blanco. La verdad es que tengo que decir que los tipos lo hicieron en tiempo record, quizás por que no están acostumbrados a tomar un café tan fuerte como el que les di. Pero hay que reconocer que hicieron un trabajo impecable del que se sintieron muy orgullosos. Solo un problema, por alguna razón, seguramente debido al moderno diseño del retrete, este se encuentra en mitad del baño, como si estuviera entrando en la ducha. Ahora nuestro servicio parece un templo dedicado a la veneración del WC. Solo faltan velas, flores y una barritas de incienso para que sea idéntico a los templos que se ven por toda la ciudad y que, inocente de mi, siempre me han recordado a baños públicos, quizás lo eran. Cuando le hicimos notar que, al menos de donde nosotros veníamos, los retretes se ponen pegados a la pared, el tipo se debió de sentir insultado porque no apreciáramos las obvias virtudes de su obra, ya se sabe como es la sensibilidad artística. Luego le intentamos explicar que nuestro comentario era una queja y no una critica y que debía de poner el escusado, como mínimo, fuera de la ducha, “Not possible”, nos dijo. Llamamos a la casera y el estatus de nuestro baño paso a ser el de “Maybe”… a ver que pasa, pero creo que a partir de mañana por la mañana, cuando se seque la masilla con la que está pegado el retrete, me voy a poder empezar a duchar mientras me ocupo de asuntos mas serios… Ya no voy a tener excusa para llegar tarde a ningún sitio.

Por cierto, al parecer ahora puedes escoger como suena tu timbre como si escogieras el tono con el que va a sonar tu móvil. Por eso, gracias al artista de la instalación de escusados, cada vez que llaman a la puerta de nuestra nueva casa de Hauz Khas, es como si una bandada de palomas se sentara en nuestro salón a ver un partido de críquet.

domingo, 9 de agosto de 2009

“Escribiendo una excitante entrada para My Daily Delhi Belly sobre mis alucinantes experiencias en Nueva Delhi” o tus vacaciones en 140 caracteres.

No quiero hacerme el interesante, bueno, solo un poco… el otro día el Time traía un reportaje sobre Twitter, en el que decía que este ha cambiado la forma de comunicarse usando un sistema llamado microbloging. Gabi me ha recomendado que explique de que va, porque la mayoría de los lectores no estarán muy relacionados con el concepto, o si. Yo no lo estoy, la verdad, así que he decidido abrirme una cuenta… pero no lo he conseguido… lo se, a veces puedo dar un poco de vergüenza ajena. Pero si creéis que eso va a impedirme publicar esta entrada sobre el tema, os equivocáis. Pienso hablar sin conocimiento de causa y especular sobre lo que me imagino que es el microbloging twitteriano (para que suene a ensayo académico), basándome en algo que no sé, pero que supongo. Me siento como un periodista de presa rosa.

Según el articulo del Time (nunca me cansaría de citarlo), Twitter funciona como una red social en el que el usuario comunica a todos sus seguidores lo que está haciendo, pensando o planeando en ese instante usando solo 140 caracteres. Estos caracteres incluyen letras, espacios, puntos, comas, interrogaciones, arrobas y caritas hechas a base de la combinación de casi todos los elementos que aparecen en un teclado. Actualmente, el máximo atractivo de Twitter es el poder estar al día de las actividades de tus celebridades preferidas. Como por ejemplo, cuando van al baño, les pica el sobaco o tienen una revelación en el supermercado. Se supone que ha conseguido humanizar a muchos famosos norteamericanos, ya que si su existencia puede ser tal vulgar como la nuestra, eso debe de darle algo de glamour a comer en casa, dejarse los ahorros en las compras de navidad o a pagar una hipoteca de 50 años.

Pero todo esto no tiene nada que ver con lo que realmente quiero decir, y como me han dicho que sea breve en mis entradas, voy a centrarme en el tema. De un tiempo a esta parte, he venido observando que todos los no Indios que conozco en la India, comparten sus experiencias por Facebook a través del estatus, que viene a ser una frase que se puede leer junto a tu nombre y que cumple la misma función de los microblogings twitterianos, vamos, titulares de prensa sobre tu vida o tus banales y/o profundos pensamientos. De lo que no me había dado cuenta es de que yo hago lo mismo. Por ejemplo, cuando estaba en Katmandú puse cosas como “Burocrateando en Katmandú” (claramente al nivel de twitteriano) o “Atrapado en Katmandú”. Como podéis ver, no son frases con trascendencia filosófica, aunque si con gran valor informativo. Pero los que la leyeron, seguramente pensaron “Guau, Antón está teniendo los mismo problemas que tengo yo aquí todos los días, pero en Katmandú… ¡Que gran aventura!”. Puede ser, pero para que piensen eso escribo un blog. Así que el que busca algo mas largo y menos constante acude a My Daily Delhi Belly y se ríe de mis desventuras. Pero no todo el mundo tiene el tiempo ni el ego suficientes que exige escribir sobre uno mismo, así que no les queda mas remedio que resumir sus experiencias en 140 caracteres con resultados como “Haciendo yoga con el maestro Ashish Prabhakaran en los Himalayas durante la puesta de sol” o “Bajo una palmera, frente al mar Arábigo, en las recónditas playas de Goa”.

Imaginemos que has hecho 14 horas de autobús por los Himalayas para llegar a un increíble paraíso natural llamado Manali. Nada mas bajarte, en lo que parece el lugar más recóndito del planeta, te das cuenta de que los 1500 guiris que hay en ese pequeño pueblo están pensando lo mismo. Así que para sentirte un poco mas especial, después de comprar un recuerdo en alguna tienda de artesanía local para turistas que te ayudará a no olvidar nunca la increíble experiencia vital en que estás inmerso, te vas a dar un paseo por la montaña. Durante varios kilómetros de caminata cuesta arriba, no paras de ver hostales, tiendas de ropa y cafeterías a ambos lados del camino. Pero de pronto llega la maravillosa revelación, la posibilidad de hace algo realmente oriental. Ves un cartel que anuncia unas clases de yoga para principiantes. Entras y después de pagar un precio razonable, que no barato para tus occidentales bolsillos, pasas a una habitación poco ventilada en la que un chico joven le da una clase de yoga a 30 guiris muy emocionados y concentrados. Por alguna razón te da por mirar el titulo de profesor de yoga que tu nuevo maestro tiene colgado en la pared y ves que no tiene mas de 5 meses de antigüedad. Cuando sales de la clase, te metes en uno de los cibercafes del pueblo y entras en Facebook para ver si alguien se ha acordado de ti. Junto a tu nombre, en la página principal, lees “¿En que estas pensando?” y decides compartir tu experiencia con la gente, “Haciendo yoga con el maestro Ashish Prabhakaran en los Himalayas durante la puesta de sol”. ¿Mientes?, no. Quizás el maestro no tenga mucha experiencia, pero el chico es flexible y no lo debe de hacer tan mal, según tu criterio. Además, en la India anochece pronto… por el cambio horario y lo de que estas en los Himalayas es un dato que no está sujeto a ninguna subjetividad. El hecho es que tienes que poner un resumen de lo que estas viviendo, y como guiris hay en todos lados, nadie quiere oír hablar de ellos. En el fondo les haces un favor quitando toda esa paja de tu estatus y quizás algún amigo pueda usar tu frase en una canción.

jueves, 18 de junio de 2009

Burocracia india


Aquí podéis verme en una pintura clásica nepalí siendo pisoteado por el funcionario encargado de dar los pasaportes en la embajada india en Katmandú.

miércoles, 10 de junio de 2009

Katmandú y la burocracia.

Mí llegada a Katmandú ha sido como la de la mayoría de los turistas, pero apropiadamente aderezada por mi legendaria incompetencia, creo que más de uno sabrá a lo que me refiero y a los que no, se lo explico ahora mismo.

Gabi y yo nos preparábamos para viajar a España, donde viviríamos un feliz reencuentro con nuestras familias y amigos que, además, sería felizmente temporal. Afortunadamente para mi ya mencionada incompetencia, iba a coincidir con el momento en que tenía que renovar mi visa en la India. Pero un pequeño cambio de planes nos hizo retrasar el viaje y eso me dejaba en una situación complicada. Podía dejar que mi visa caducara e intentar pedir una nueva en Madrid, arriesgándome a que algún burócrata no me dejara volver, y ya sabemos lo desalmados que son lo burócratas cuando no te conocen de nada, o podía coger un avión a Katmandú al día siguiente, sin ningún otro plan que el de sacarme la visa. No hay ninguna sorpresa, ya sabéis que estoy aquí. Voy a omitir el episodio de “Antón intentando comprar un billete para irse a Nepal al día siguiente”, solo os diré que estábamos en esos días del mes, ya sabéis, esos en los que deberías tener dinero pero todavía no lo tienes y, entonces, tienes que llamar a tus padres para que te lo dejen y poder huir del país en el que vives. No es bonito y no es divertido, así que ahí se queda.

Mi vuelo salía a las 7:40 de la mañana, pedimos que un taxi me recogiera a las cinco en Panscheel Enclave. Nos tenían que llamar a las 4:15 para que les confirmáramos que seguíamos queriendo el taxi. Nos fuimos temprano a la cama (que actualmente se encuentra en el salón, ya que están reparando las goteras que tiene nuestro dormitorio) y me puse el móvil cerca de la oreja para que no se me pasara la llamada. La inquietud por el viaje me despertó en mitad de la noche, miré el reloj y eran las 4:35, pegué uno de mis ya clásicos saltos de la cama, de esos de “Llego una hora tarde al trabajo”, “He quedado en la otra punta de la ciudad ahora mismo” o de los de “¡¡¡Coño, coño!!! Que pierdo el avión”. Lo único que había recibido era un mensaje de texto a las 4:10 de la compañía de taxis diciendo que no nos iban a mandar nada a esa hora, algo muy propio de la competencia india. Me tomé un plátano, me despedí de Gabi como es debido, cogí mi maleta y me fui en busca de algún vehículo que me llevara al aeropuerto. Creo que ya he mencionado lo poco recomendable que es Delhi de madrugada, todo tipo de leyendas nos advierten de sus peligros, aunque viendo la cantidad de gente que está durmiendo en la calle, parece que el mayor riesgo que se corre es el de caerse de sueño después de un bostezo monumental.

Nos parecía haber visto una parada de taxi al otro lado del paso a nivel que hay enfrente de nuestra colonia, así que me dirigí hacia allí. Cuando llegué, me encontré a todos los taxistas durmiendo sobre unas camas sin colchón y con somier de cuerda que son muy utilizadas por el gremio del transporte. Le di una patadita a una como sin querer, el tipo, que estaba totalmente cubierto por una manta, ni se inmutó. Así que probé con una de esas patadas de las de “queriendo”, aun así el hombre tardó un rato en reaccionar. Se destapó, se rascó la cabeza, me miró con parsimonia y entonces le dije que quería ir al aeropuerto. El hombre se estiro un par de veces antes de levantarse de la cama y se dirigió a buscar a su jefe, que era el único que estaba durmiendo bajo un techito metálico. Este no quiso privarme del espectáculo habitual y despertó a todos sus empleados para que pudieran acosarme con los precios, pero ese tempo especial que tenían de recién levantados hacía que se les notara demasiado el teatro. Al final fue el jefe el que me llevó, así que me imagino que es de esos a los que no les gusta estar currando mientras sus empleados duermen.

Excepto por el retraso del avión y una guiri que lo perdió por mi culpa, en el aeropuerto de Delhi todo fue sobre ruedas. El vuelo fue muy agradable y corto, solo una hora y cuarenta minutos en llegar al pequeño aeropuerto de Katmandú. Imaginaos volar entre las montañas mas altas del mundo, pues yo también lo tuve que imaginar, porque niebla era tan densa que solo me dejaba ver lo que había justo debajo de mi avión. Aun así, muy espectacular. El aeropuerto estaba casi vacío comparado con el de Nueva Delhi y lo primero que percibí nada mas bajar del avión, fue un ligero y agradable olor a mierda de vaca. Pero no como el de las vacas de Delhi, que ya ni siquiera percibo, este era de vaca de campo, de vaca feliz, de esas vacas a las que cuidan, quieren y miman porque se las pueden comer. Cuando entré, en el aeropuerto nos esperaba un enorme cartel con una gran lista de países en el que se advertía del riesgo que corrían los viajeros procedentes de esos lugares de portar el virus de la gripe porcina. Luego, un médico me preguntó si tenía alguno de los síntomas de la enfermedad y eso fue todo, una consulta de 7 segundos para evitar que la “pandemia” entrase en su país, tampoco hay que ponerse alarmista.

Luego tocó el visado nepalí. Para un visado de 15 días en Nepal, tienes que pagar 25 dólares, espero que lo usen para cuidar las montañas y a las vacas. Aceptan euros, yenes, dólares y otras cinco o seis monedas de países recónditos, pero no aceptan rupias indias, la de su país vecino y amigo. Allí mismo tienen una casa de cambio que tampoco acepta rupias indias y, además, no hay ningún cajero automático. Así que allí estaba yo, con 5.000 rupias indias en la mano, en esa parte que se supone que no es de ningún país, aunque se parecía mucho a lo que había al otro lado de la aduana, sin poder pagar mi visado de entrada. Solución, “Pase usted e intente cambiar su dinero por el aeropuerto”. Entonces, en calidad de inmigrante ilegal, me introduje ilícitamente en el país con la intención de traficar con divisas extranjeras. Primero fui a una casa de cambio que había en la salida, no aceptaban rupias hindúes, pregunté por un cajero, nada de nada en todo el aeropuerto. Estaba empezando a desesperarme cuando un tipo del mostrador de los hoteles me dijo “Where are you from, Sir?”, “Spain” le dije yo, “Puta Madre, Sir”, como muchos sabréis, es una conversación de lo mas habitual en el extranjero. Finalmente, después de contarle mi problema, me dijo “Si te vienes a mi hotel, te dejo la pasta y me la devuelves luego”, en ingles, claro. Parecía un buen trato y una buena estrategia para cazar nuevos clientes, así que acepté. Me dejó 2.000 rupias nepalíes y me fui a pagar mi visa. En una ruta poco habitual para un inmigrante ilegal, al menos de forma voluntaria, me pasé de nuevo al otro lado de la aduana. Y cuando finalmente me disponía a pagar, me dicen que tampoco aceptaban el dinero de su propio país, que necesitaba comprar dólares. La comisión hizo que mis 2.000 rupias nepalíes se convirtieran en los 25 dólares que separaban al ilícito inmigrante del flamante turista por 15 días que había en mí. Nada mas salir, nadie puso ningún problema para pagar con dinero indio.

En el coche del hotel íbamos un chico de Chicago y yo. Este llevaba seis días en Nepal y se volvía ese mismo día, me dio unos cuantos buenos consejos y me dijo que podía ver en la ciudad. El conductor paró un momento delante de una tienda de sándwiches para que mi compañero se comprara algo para su viaje, el chico iba a coger su mochila para salir del coche, cuando el tipo dijo “No te preocupes, esto es Nepal” y yo pensé “¿Cuántas veces habré oído eso en la India?”.

Instantes después llegamos a mi hostal Khangsar Guest House. Allí me cambiaron las rupias indias, pague mi deuda con el dueño y me pusieron a un guía para que me llevara a la embajada India. Cuando llegué, resulto que solo se abría de 8:30 a 9:30 de la mañana, no fuera a ser que los pobres se sintieran muy explotados ¿son los funcionarios igual en todo el mundo? No quiero caer en tópicos que puedan afectar a mi padre, así que lo dejare en un “Sin comentarios”. Pero dejadme que proponga un día internacional del funcionario, en el que podrían pasarse la jornada laboral currando, para variar un poco.

Todo esto había pasado en seis horas, así que cuando volví al hotel me quedé frito. A las 15:30 me desperté muerto de hambre y con un dolor de cabeza parecido al de la resaca. Decidí irme a comer a alguno de los 5 o 6 restaurantes coreanos que había visto por el camino. Me comí unos nodels de algas y sushi. Después di un paseo por el centro mientras me comía un riquísimo helado de mora y vainilla, y tengo que decir que me impresionó mucho. Desde pequeño había pensado en Katmandú como el sitio más recóndito del planeta. Una ciudad antigua perdida en mitad de los Himalayas. La verdad es que de perdida no tiene nada. Se respira la misma mezcla cultural que en la India, pero aquí todo es más relajado, la gente no te mira por calle y a diferencia de Nueva Delhi, no parece ser una ciudad que se renueve continuamente, es vieja y parece vieja y fascinante, solo hay que darse un paseo por Indra Chowk y Durbar Square para ver sus alucinantes templos. Solo es mi primer día, ya os contaré más.

Mientras sale mi visa, mi plan es afeitarme la cabeza y meterme en un templo budista… ¡Uy, no! Ese no es mi plan, era el de la guiri que perdió el avión en Nueva Delhi. Yo me voy a alquilar una moto y me voy a ir a buscar al Yeti por el valle de Katmandú y por los Himalayas, para que mi Tío Quique no pierda toda la ilusión.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Monkey Business

De nuevo, siento haber abandonado el blog tanto tiempo, pero ha sido por algo interesante… creo. Mi nuevo proyecto en Delhi se llama “Odd Wishes”, es el piloto de una serie de terror, homenaje a los comics de EC de los 50 y a Twiling Zone (como se hizo con tanta frecuencia en los 80). La actitud que me encuentro aquí es bastante buena, a la gente le está gustando el guión y tienen muchas ganas de trabajar. Ahora nos encontramos en la etapa de preproducción. Pues bien, el otro día fuimos Gabi, Jithesh (que escribiendo los diálogos en hindi se ha ganado el crédito de coguionista) y yo a Old Delhi para hacer algunas localizaciones, concretamente a Chandni Chowk, posiblemente el barrio mas famoso y pintoresco de la ciudad. Allí encontramos unos cuantos sitios perfectos para nuestra idea. El mejor, un pequeño callejón que sale de una de las calles mas congestionadas del barrio, en términos de una ciudad de 16 millones de habitantes, significa que prácticamente no se puede andar. La entrada del callejón es muy difícil de ver desde la calle y lo encontramos por pura casualidad. En cuanto entras, es como si estuvieras en otro planeta, no voy a decir que estaba vació, pero en esta ciudad, con 15 personas por metro cuadrado, 5 individuos en 50 metros de callejón era como despertarse solo en mitad del Sahara.

Por supuesto que, tres personas, dos de ellas occidentales, que se tiran 15 minutos subiendo y bajando un callejón vació mientras hacen fotos, señalan y comentan, con cara de saber perfectamente de lo que están hablando, sobre el edificio y/o calle en el que está tu negocio o casa, llaman la atención. Así que no tardaron mucho en acercarse a preguntar, ya que podíamos ser perfectamente esos especuladores inmobiliarios que les iban a hacer ricos. Desgraciadamente no lo éramos, pero aun así les pareció muy interesante que quisiéramos grabar algo en su callejón. No podo faltar el comentario hermano de nuestro “Coño! como el Spielberg!”, en la India “(Palabra malsonante en hindi), Slumdog Millionarie”.

Gracias a Jithesh, pudimos comunicamos con los habitantes del callejón. Uno de ellos, dueño o dependiente de una tienda de tarjetas de boda, nos invitó a subir a una de las casas en busca de nuevos tiros de cámara para nuestro piloto. Como era de esperar, toda la gente del edificio salió a saludarnos. Muy amablemente, 15 persona, probablemente todos miembros de la misma familia, se agolparon entre las escaleras y los pasillos para observarnos mientras nosotros observábamos desde el balcón sin conseguir ver el callejón, no nos servía.

Nuestro guía se debió de dar cuenta y enseguida hizo las gestiones necesarias para que pudiéramos entrar en otro edificio. Este resultó ser el almacén de unos objetos de plástico con uso indeterminado. A mitad de camino, donde debía estar la salida a un balcón, encontramos unas rejas con varios monos al otro lado. A primera vista, parecía una jaula que mantenía a los monos encerrados. Estos gritaba y nos amenazaban con los dientes. Yo, que con las rejas de por medio me sentía muy valiente, les devolví la amenaza de la misma forma, cosa que no me hizo quedar muy bien delante de los empleados del almacén de objetos con utilidad indeterminada. Seguimos subiendo hasta la azotea, donde, además de poder disfrutar de los 45 grados habituales en Delhi, encontramos algunas perspectivas interesantes de nuestra localización. Mientras miraba hacia el callejón, descubrí que el balcón que había visto antes no era una jaula. Allí había 10 monos que estaban tumbados o abrazándose o comiéndose los parásitos del pelo de sus madres, padres, hermanos, primos o tíos. Uno de ellos me miró y debió de reconocerme, porque empezó a gritarme. Por sus gestos imaginé lo que me estaría diciendo si supiera hablar. Cuando bajé, me estaba esperando al otro lado de la reja, entonces entendí que aquella maya metálica no estaba para encerrar a los monos, sino a los humanos que trabajan allí ¿Serán esos pequeños homínidos de culo rosa los que mantienen el callejón desierto? Lo comprobaremos cuando nos toque rodar allí.

Esta vez, incluyo unos videos que documentan parte del episodio.



PD: El mono viejo y gigante que vive en el parque de enfrente de casa, se estaba paseando esta mañana por nuestro balcón. Estaba tan cerca, que he podido observar que tenía los testículos rosas. Me ha mirado como diciéndo “Como te muevas, te los voy a poner del mismo color”.

Esta entrada se la dedico a mi recientemente casado amigo Juanlu, aunque no creo que lea My Daily Delhi Belly, como en este capitulo sale uno que hace invitaciones de boda, no es tan complicado hacer la conexión. De todas formas creo que se la merece mas Vanesa, su mujer, por lo que le espera.



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miércoles, 29 de abril de 2009

The male part

En la recepción del dermatólogo, en el Max Center de Delhi, entre otros, había varias mujeres con sari, un adolescente sij y una familia de musulmanes con su bebé. El niño pasaba jugando de los brazos de su barbudo padre a los de su madre, que estaba totalmente cubierta por un burka. Yo intentaba imaginarme los rasgos de la madre observando los del hijo, que la verdad es que era tan feo como su padre. El ejercicio consistía en descartar todos los rasgos del padre y el resto atribuírselos a la madre. Pero la densa barba del presunto progenitor hizo que desistiera pronto y que fijara mi atención en el señor que estaba sentado a mi lado. Lo único que me hacía pensar que era occidental era su piel rosada, que debe de ser uno de los pocos tonos que no abunda por aquí. Por lo demás, podía ser de cualquier sitio. Le llamaron antes que a mí “General Harris? Please, come in.” De alguna forma eso explicaba aquel ridículo bigotito esmeradamente arreglado. Respondió “Thank you” con un acento muy británico. A esas alturas, ya sabía todo lo que podía descubrir sin cruzar una palabra con él, y no se si darle las gracias a Arthur Conan Doyle o al Doctor House. El tipo era un militar inglés con problemas epidérmicos. Pobre de él si fuera un personaje de Agatha Christie.

¿Por qué estaba tan inquieto? Algo no encajaba en aquella sala de espera. Gabi y yo ya habíamos ido en un par de ocasiones a esa clínica y nunca había tenido esa sensación. Si alguien te dice que va a un hospital en la India, por tu cabeza pasan miles de imágenes de hospitales de campaña o de campos de refugiados, alguna pareja de guapos doctores en chavolas de grandes ciudades, “La ciudad de la alegría”, “Slumdogs Millionaire” o hasta “Ciudad de Dios” y “El jardinero fiel”, que, aunque no se desarrollen en este país, también salen muchos niños pobres. Pero este hospital se parecía más a los que había visto y visitado, nunca de urgencias, en Londres. No voy a ser tan necio y decir que todos los hospitales son así. Esta es una clínica privada que la mayoría de los habitantes de la ciudad no creo que se puedan permitir. Una visita al dermatólogo es la mitad del sueldo de Rani, la mujer que trabaja en casa.

Aunque aquello no era lo que me hacía sentir tan inquieto, es algo que está demasiado presente como para que me siga llamando la atención. Entonces caí en la cuenta de que era la primera vez que veía más clientes que trabajadores, aquí la media es de 7 personas por puesto de trabajo, cosa que tampoco agiliza demasiado los servicios. Debía de ser eso lo que me extrañaba. Entonces, entró otro tipo en la sala de espera. Por aquí, si tienen algo de pasta, casi todos llevan el mismo look. Pero, en este caso, la combinación de elementos era remarcable. Llevaba unos zapatos de punta italianos (esta es una suposición azarosa) y de piel de cocodrilo, con un par de hebillas enormes, pantalones de pinza negros con rayas azules, y una camisa blanca y celeste (mas celeste que blanca) con puños y cuello setenteros, blancos. Todo combinado con un bigote de Hell Angel y unas patillas de entre bandolero decimonónico y redneck. Hasta aquí, todo indianamente normal. Lo que se hacía raro en este hombre, es que toda la joyería que sus compatriotas distribuyen entre dedos, orejas y cuellos, estaban concentradas en las gafas de sol que llevaba apoyadas sobre la frente.

Entonces, después de una hora y media de espera, me llamaron para entrar en la consulta. Según tengo entendido, la diferencia entre una opción y una posibilidad es que, cuando tienes opciones, eliges. Cuando tienes posibilidades, la decisión no depende de ti, sino del destino, del azar, de algún ordenador superinteligente o de algún cretino sin criterio. Si vas a una heladería y eliges un helado de fresa ¿Qué posibilidades hay de que te lo den de mango con pasas? Si el dependiente no es disléxico, creo que ninguna. Pues bien, yo pedí un dermatólogo varón. Creía que había dejado el azar fuera de la jugada especificando esto. De los tres dermatólogos que estaban atendiendo, había dos hombres y una mujer. Obviando el hecho de que yo ya había elegido, solo tenía un 33,3 periódico % de posibilidades de que me tocara la doctora y así fue. Entre en su consulta sabiendo exactamente lo que iba a pasar. La doctora era una chica joven, me pidió que me sentara y me pregunto por mi problema. Yo le dije que tenía una pequeña verruga en la ingle y que por eso había pedido que me atendiera un hombre. Ella, muy profesionalmente, se tapó la cara con las manos y se puso a reírse nerviosa “Can you wait outside for a male doctor?”. Salí de su consulta pensando en los años de carrera y de especialidad que debía de haber pasado esa chica sin ver la ingle de un hombre.

Espere media hora mas y finalmente me atendió un hombre. La verruga resultó ser una irritación de la piel, seguramente provocada por sudar tanto haciendo deporte a 45º, nada que ver con las mallas, no os preocupéis. Me mandó una crema y me fui a la farmacia a comprarla. Le di la receta a la farmacéutica. Mientras buscaba mi crema, vi en el mostrador uno de esos anillos estimuladores de Durex tan anunciados en España. Decidí vengarme del puritanismo indio que me había hecho pasar el mal rato en la consulta de la dermatóloga. Cuando volvió la farmacéutica, le señale el juguete y le pregunté que era. Como era de esperar, se tapó la cara y empezó a reírse nerviosa “It’s for the male part”. “Excuse me?”, le dije yo. Entonces miro a su compañero, que me dijo “It’s a vibrator, for the male part”. Le mire con cara de no saber a que se refería y el hombre, rojo como un tomate, extendió su dedo índice y con la otra mano hizo un circulo. Después, metió el dedo en el círculo y empezó a simular la vibración de anillo mientras la chica no podía parar de reírse casi histérica, “It’s a vibrator, for the male part” repitió. Entonces, yo, como si se me acabara de revelar un gran secreto, le dije “So your male part become a dildo, no?”. Por la cara que puso, me di cuenta de que, para variar, el único que estaba haciendo el ridículo era yo. “70 rupees only” me dijo extendiéndome la crema que había pedido al principio. Pagué y me fui pensando en que tenía que encontrar otra farmacia cerca de casa.

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viernes, 24 de abril de 2009

Outsourced

Ayer, Gabi y yo estábamos viendo la tele cuando descubrimos una película que nos llamó la atención, Outsourced. La película trata de un aburrido oficinista de EEUU al que mandan a una pequeña ciudad de India para llevar una centralita de venta telefónica. No es ninguna maravilla, pero te hace pasar un buen rato. Es una comedia romántica con la típica trama de tío amargado y aburrido al que envían a un sitio en el que no quiere estar, India, donde sus habitantes le enseñan a vivir la vida con mas alegría y naturalidad ¿Doctor en Alaska (Northern Exposure), por ejemplo?

Si algo me llamó la atención de la película, es que retrata la India tal como la ves cuando vienes a vivir una temporada. Se aleja de la visión del turista y se queda con la del occidental que ve como va a ser su nueva vida. Otra virtud de la película es que no hace parodia de los indios, pero tampoco los pone como los top of the pop de la espiritualidad. No me identifico demasiado con el protagonista, pero puedo asegurar que hemos pasado por casi todas sus experiencias.

Os dejo el trailer para que lo veáis.

martes, 21 de abril de 2009

Goa, el paraíso del guiri.


En España, cuando pensaba en Goa, me imaginaba a un montón de gente drogada en la playa, fiestas todos los días hasta las ocho de la mañana, muchas rastas y mujeres semidesnudas, mas o menos como me imagino Ibiza pero en la India... todo muy cansado. Desde que llegamos, todos nuestros amigos y conocidos indios nos recomendaban ir a pasar unos días y después de ir a alguna fiesta con ellos, la imagen de “capital de la juerga” no hacía más que reforzarse.

Con ocasión de la llegada al subcontinente de mi viejo amigo Javi Martín “Martini” (y este es solo uno de sus muchos motes), Gabi y yo compramos unos billetes para ir a hacerle una visita a Mumbai, nuevo nombre de Bombai, si, ese sitio que sale en la canción de Mecano (¿de verdad acabo de escribir eso?). Javi llegaba a la India con un par de amigos, Antonio y Jorge, para ver a su chica y pasar seis meses viajando por el país. Cuando compramos los billetes, con algo más de un mes de antelación, le avisé que llegaríamos el 8 de abril. Como era de esperar, a causa de lo que cariñosamente llamamos “Martinada”, no conseguimos contactar con Javi hasta el día 6 de abril, día en que nos dijo que no estaría en Mumbai durante el fin de semana. Ante este contratiempo, decidimos ir a pasar unos días en la bien vendida Goa.

Los compañeros de la oficina de Gabi nos habían recomendado algunas playas, pero el único nombre que éramos capaces de recordar era Palolem, así que se convirtió en nuestro destino. Intentamos comprar un par de billetes de tren, pero el sistema de reserva y compra de billetes en la India es algo complicado. Tienes que comprarlos por internet y entonces entras en una larguísima lista de espera. Después, lo único que te queda es esperar o rezar para que todo tipo de infortunios le ocurra a la gente que tienes delante y así ir escalando poco a poco. Nosotros empezamos en el puesto 20 y acabamos con los números 2 y 3, la verdad es que me siento un poco culpable de haber deseado cosas tan feas a gente que ni siquiera conozco por un billete que nunca pude conseguir. Finalmente tuvimos que coger un autobús-cama nocturno. Alguna vez había oído hablar de estos vehículos, pero pensaba que pertenecían al universo delirante de algún mentiroso compulsivo. Pues bien, existen y, como todos los autobuses de larga distancia en la India, tienen rota la salida del aire acondicionado bajo la que te sientas. Cosa que tampoco importaría demasiado si no pusieran el aire acondicionado a 9º bajo cero para poder venderte una manta tamaño playmobil a 70 rupias, nótese que es más cara que un cargador de Nokia. El guiri poco experimentado podría pensar que no saben usar esta tecnología tan compleja, pero teniendo en cuenta que el autobús más moderno de la línea tiene como mínimo 10 años, yo me decanto por la teoría conspirativa.

Así que el mismo día en que llegamos a Mumbai, nos fuimos a Goa. Después de 12 horas de viaje y un principio de pulmonía severa, llegamos a la ciudad de Margao. Sin manejar ningún dato oficial, me atrevería a decir que es la capital del sur de Goa. Nada mas bajar del autobús, un taxista nos pregunta “¿Palolem?”, con una sonrisa le decimos que si y el nos contesta “850 rupias”. Mi lado oscuro, que solo se manifiesta con los profesionales del transporte en la India, me dijo “Mata, mata”. Pero mi lado inteligente y cabal, Gabi, le dijo que nos íbamos en autobús.

En la estación de autobuses de Margao nos subimos, sin estar muy seguros de porque, en un autobús que supuestamente iba a Palolem. Lo único que nos hacía pensar que era el autobús correcto eran los guiris que viajaban con nosotros. Durante todo el viaje, yo admiraba el paisaje tropical que me hacía pensar en las pelis de Vietman. Me imaginaba a unos cuantos yankis corriendo detrás en un helicóptero que está a punto de abandonarles mientras son perseguidos por cientos de charlies con una mala puntería inexplicable. Finalmente, después de una hora de viaje por 25 rupias, maldito taxista, llegamos a Palolem. Como era de esperar, nada más bajar del autobús nos esperaba un grupo de “relaciones públicas” de los hostales y las cabañas de la zona. Finalmente nos fuimos con el empleado de la guest house “Seagull”, que ganó la puja con una moto por 150 rupias al día. El hostal nos ofrecía una estancia a poco mas de cuarenta metros de la playa por 250 rupias. La habitación disponía de todo lo que se necesita, si no te importa ducharte entre el water y el lavabo, y si el armario no es un artículo demasiado fundamental para ti, yo ya he demostrado en muchas ocasiones que para mi no lo es. Hay que decir que estaba bastante más limpio de lo que cabía esperar por ese precio, eso nos daba una idea del tipo de público que tenía la zona.

No tardamos ni cinco minutos en plantarnos en la playa y descubrir que, como en aquel restaurante de Old Delhi, no había ni un solo indio disfrutando del mar, el sol y la arena. A diferencia del restaurante, y con poco con lo que comparar, los servicios que ofrecía la comunidad de Palolem eran los más baratos que nos habíamos encontrado en la India. La playa estaba flaqueada por el mar y un bosque de palmeras entre las que no quedaba un solo centímetro sin una cabaña, un bar o una tienda, todo de aspecto muy exótico, eso si. Tuvimos la suerte de aparecer en temporada baja, lo que hacía que la playa pareciese el lugar de vacaciones perfecto para turistas tan exigentes como nosotros.

Estrenamos nuestra Hero Honda (la moto) con un paseo a Agonda, una playa mucho menos masificada al norte de Palolem. Ese paseo ha sido una de las experiencias públicas más placenteras que he tenido en la India hasta el momento. La moto, la carretera, Gabi, la jungla y yo mismo fundidos en perfecta armonía con los elementos. Repetimos excursión los dos días siguientes, el segundo a un viejo fuerte portugués en Cabo da Rama, a unos 30 kilómetros al norte de Palolem. Dentro del fuerte hay una pequeña iglesia donde tuvimos la oportunidad de ver un Via Crucis en hindi, con ocasión del Viernes Santo. Y el tercer día fuimos al sur, sin destino concreto, invadidos por el espíritu de los exploradores, con el objetivo de ir más allá de donde cualquier guiri corriente va. De vez en cuando nos cruzábamos con occidentales, pero como llevaban motos más grandes y mejores, asumíamos que eran tipos intrépidos. Después de una hora de viaje hacia el sur, vimos una señal que indicaba “Polem beach”. Al final de aquella carretera, descubrimos un pequeño pueblo de pescadores. Estaba prácticamente vacío y en la playa no había ni un alma. Nos tumbamos en la arena, conscientes de que habíamos descubierto nuestra propia playa virgen y desierta de extranjeros como nosotros ¿Cómo se podía ser un explorador tan dotado y responsable? Después de una hora de disfrutar de nuestra playa, decidimos volver al hostal y prepararnos para nuestro viaje de vuelta a Mumbai. Cuando arrancaba la moto para salir de Polem, un lugareño salió de su casa y nos dijo “Do you need a room for tonight?”. No fue lo que dijo, fue la profesionalidad con que lo dijo, lo que me hizo entender que Polem no tenía nada de virgen ni de inexplorado, simplemente estaba en temporada baja. De vuelta, nuestra fusión con la jungla, la moto y la carretera ya no era la misma, aunque la fusión de mi frente con los primeros pelos de mi cabellera era absoluta. Me había quemado tanto que parecía que se me había caído un bote de super glue en la frente.

Mientras conducía algo decepcionado, me di cuenta de que, en realidad, esa era la función de un sitio como ese. Estoy seguro de que hace 40 años, Palolem, era un paraíso a más de 100 kilómetros de una cerveza fría, a miles de una hamburguesa de vaca y sin carreteras perfectamente asfaltadas. Los 101 kilómetros de costa de Goa, te permiten disfrutar de paisajes maravillosos, playas preciosas y un Mar Arábigo un poco caliente para mi gusto. Según Lonely “la Biblia del viajero” Planet, se mantiene lejos de los circuitos de domingueros gracias a la mala fama que le dan sus Raves masivas. Nosotros no vimos ninguna, en su lugar escuchamos a un tipo en un bar que, guitarra en mano y micrófono en boca, cantaba esas canciones que hacen sentir a los guiris treintañeros como en casa. A pesar de eso, lo pasamos bien.

Para el viaje de vuelta en autobús fuimos mas previsores y compramos cinta aislante y una manta para adultos. Lo primero que hicimos fue tapar con la cinta todas las salidas de aire acondicionado de nuestro compartimiento… bueno, también fue lo segundo, ya que nos cambiaron de autobús en la siguiente parada. La vuelta a Mumbai fue algo mas corta, solo once horas. Y por fin pude pasar un par de días con mi amigo Javi y hacer algún que otro plan que ya os iré contando.

Esta entrada se la dedico a mi buen amigo Ramiro, que espera paciente a que le envíe el primer borrador de nuestro guión, y a mi querido padre, del que siempre me acuerdo cuando veo el mar… igual por eso no te llamo tanto…

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viernes, 3 de abril de 2009

Rickshaws, a secas.

Prácticamente desde que empecé este blog he querido escribir sobre los rickshaws. Puede parecer más fácil de lo que realmente es ¿En cuantos taxis tienes que haberte subido para poder escribir sobre ellos? La respuesta es, en ninguno. Son parte de nuestra cultura, nuestros chistes y nuestros tópicos. Cualquiera podría escribir tres páginas sobre los taxistas de su ciudad, país o continente, en las que encontraríamos precios, tarifas extras, discusiones, consejos y hasta sus programas de radio preferidos, sin necesidad de haber hecho uso de sus servicios. Otros, podríamos hablar de aquel taxista que nos contaba su reciente divorcio o de aquel que nos intentaba vender joyas robadas, del que le tiraba los tejos a nuestra chica o al que le tuvimos que pagar en gasolina porque no nos funcionaba la tarjeta de crédito y al final acabamos aun mas lejos de casa (¿Le pasó a un amigo?).

¿Qué podemos saber de este pintoresco medio de transporte sin habernos subido más de un par de veces? Esos amigos que viajan a oriente para poder decir que han estado en oriente, no suelen volver contando historias de rickshaws y ahora que estoy aquí no me lo explico. Pero no os preocupéis más, esta es la entrada que siempre habéis esperado. Voy a desvelar todos los secretos del vehículo de las pelis de chinos y de indios, los rickshaws.

Lo primero que te viene a la cabeza cuando te subes a tu primer Rickshaw en Delhi es, “Que exótico debo de verme aquí”. Efectivamente te ves exótico, pero para los indios, poniendo cara de idiota e intentando ser simpático con el conductor, que prácticamente no entiende una palabra de lo que le dices. La segunda cosa que te pasa por la cabeza cuando ya estas en la calle es, “¿Es un buen día para morir?”. El tráfico en la India es el caos, no un caos, el caos. Cuando alguien ordena sus facturas para hacer la declaración de la renta, piensa “Esto es un caos”. Cuando es otra persona la que se las ordena pensará “Esto es una putada”. Cuando alguien entraba en mi cuarto, podía decir “Esto es un caos”.Cuando ves como se queda la calle después de que algún partido reparta comida con la vista puesta en las inminentes elecciones indias, precedido de una arcada, dirás “Menudo caos” y con la mismas letras “Menudo asco”. Pero nada tiene que ver con las calles de esta ciudad. Las normas de tráfico están supuestamente reglamentadas en algún sitio, pero a alguien se le deben de haber caído detrás del cojín del sofá que nunca sacude, porque aquí no se las sabe nadie. Cuando miras la calle por primera vez no te das cuenta de que conducen por el otro lado, bueno en realidad no sabes por donde conducen. Saltarse la mediana está tan al orden del día que se ríen de ti si usas un cambio de sentido. Los camiones tienen pintados en el culo “Blow your horn” (toca la bocina), me imagino que para no tener que sacarse muchos vehículos de los bajos después de sus adelantamientos indiscriminados por izquierda y derecha de la vía. Es tan caótico que la primera vez que cogí la bicicleta, está acabó debajo del coche de un sith (los tipos del turbante). El accidente había sido culpa mía, y uno de sus tapacubos andaba rodando por ahí. Como el conductor vio que no me había pasado nada, ni siquiera bajó del coche. Recogí su tapacubos y llamé a la ventanilla, el hombre lo recogió con una sonrisa mientras le pedía perdón. “No problem” dijo él y siguió su camino. No creo que fueran atracadores de banco, no parecían tener prisa, sencillamente les da igual, como a todos los conductores de la ciudad. Es raro ver un coche intacto circulando y hay que decir que seguir vivo después de conducir en Delhi, es todo lo que necesito para creerme que alguien es un conductor experimentado.

Pues bien, en mitad de este infierno en la tierra podremos encontrar los rickshaws, vehículos ecológicos movidos mágicamente por gas natural. Sus conductores son expertos en el pilotaje sobre tres ruedas y, a diferencia de nuestros profesionales del transporte público, permanecen impasibles ante los insultos del resto de conductores. No es recomendable confiar en la honestidad de este gremio, así que lo mejor es llegar a un acuerdo sobre el precio del viaje y con acuerdo quiero decir regateo. Si, regateo, esa palabra mágica que hace sentir a los turistas como viajeros experimentados y que permite que los nativos se saquen un buen sueldo extra a su costa. Estoy convencido de que su gurú les enseño como timar extranjeros antes de explicarles como arrancar el rickshaw. Un par de veces, cuando me encontraba con más de dos conductores, intenté darle la vuelta a la situación subastándonos como clientes, creo que ninguno llegó a entender las reglas del juego o no se explicaban como podían encontrarse a un tío tan gilipollas.

Mis experiencias han sido muy variadas en los meses que llevo en la India, la mayoría cercanas a la muerte. Como sigo vivo, supondréis que no me ha pasado nada, y así es, aunque probablemente tenga el corazón algo debilitado por los sustos. Un día salimos del cine en Select City Walk, un centro comercial que hay cerca de casa, a las dos y media de la madrugada, a esa hora se paga un poco más caro el viaje, dicen que es una ciudad peligrosa de noche. Un rickshaw nos iba a llevar por 80 rupias, pero el tipo no tenía ni idea de cómo llegar Panchsheel Enclave y nos paseó por media ciudad. No se si por equivocación o desesperación se metió en sentido contrario por una calle para preguntarle a un vigilante por nuestra colonia. Luego decidió cambiar de sentido en allí mismo, mientras un todo-terreno venía a toda velocidad. Veíamos acercarse a toda velocidad las luces de aquel vehículo con el que teníamos todas las de perder. Nuestro conductor parecía dominar la maquina con la misma precisión que el mapa de Delhi y los pasajeros de jeep no se habían percatado de nuestra complicada maniobra. Abracé a Gabi para no quedar mal ante lo inevitable y cerré los ojos mientras oía los frenos del otro coche. Nos salvamos de milagro y encima el conductor pretendía cobrarnos extra por haberse perdido, cosa que no me sentó muy bien, casi me hace llorar del susto con el jeep.

Al día siguiente fuimos a Connaught Place, el centro neurálgico de Nueva Delhi. Cogimos un rickshaw y quedamos en pagarle 80 rupias, no está demasiado cerca y pagamos de más para variar, pero siempre contamos con eso. A la altura de Indian Gate (si miráis un mapa de Delhi veréis que esta muy cerca de Connaught Place, una calle directa) el tío se pierde. Es como si un taxista se perdiera llevándote de plaza de España a Cibeles, en Madrid, o del Auditorio Nacional al Ángel de la Independencia, en el DF. La cuestión es que después de un cuarto de hora de andar perdidos llegamos a nuestro destino. El conductor se da la vuelta y me dice que quiere 40 rupias más porque ha tardado mucho en llegar. De lo que pasó luego, solo recuerdo partes inconexas. Pero desde entonces, entre los conductores de Nueva Delhi se cuenta la leyenda de un guiri al que, cuando lo intentas estafar más de la cuenta, le salen cuernos y espuma por la boca, y que es capaz de arrancarte un brazo si intentas quitarle el dinero de la mano.

De todas formas, en defensa del gremio hay que decir que, a veces, te encuentras con buenos tipos. Como uno que me buscó después de bajarnos para devolverme el móvil. Y un sith muy simpático y sorprendentemente honrado que siempre me lleva a la oficina de Gabi y que es el único que nos ha cobrado como a los indios. Gracias a estos tipos, o por su culpa, todavía no he usado el metro, ni he cogido un autobús urbano y solo me he montado en un taxi.

Esta entrada se la dedico a mi tío Quique y a su nuevo coche rojo. Espero que me digas la marca en tu próximo comentario.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Finding Kierkegaard

No se si habéis esperado con mucho interés una nueva entrada, mi madre seguro que si. Han pasado un par de semanas, lo que significa que he roto la promesa que os hacía en el encabezado del blog, “My Daily Delhi Belly, revista relativamente semanal…” y no es la primera vez que no cumplo lo que digo desde que estoy en la India. Podría justificarme escribiendo una entrada sobre cómo vivir aquí no te convierte en un faquir, pude comprobarlo después de caerme sobre el lavabo roto en severo y lamentable estado de embriaguez, por si os daba pena… pero sería muy cínico por mi parte teniendo en cuenta la que monté. También podría colgar algo sobre Holi, una fiesta en la que estuvimos hace dos semanas, de hecho tengo un artículo aburridísimo de tres páginas que publicaré la semana que no se me ocurra nada mas (leedlo si queréis, aunque con que pongáis comentarios tipo “jajaja, muy bueno”, me sentiré satisfecho). Pero creo que es el momento más apropiado para escribir sobre las promesas incumplidas, sobre esos planes y expectativas que te haces antes de un viaje así y que, por ser realista, vago o por no querer parecer retrasado, nunca se cumplen. De eso va “Finding Kierkegaard”.

Para empezar, debería aclarar que el Kierkegaard que busco no es el difunto filósofo danés, sino el mono que planeábamos adoptar como mascota en la India. Como ya he dicho en alguna ocasión anterior, soy un usurpador de ideas ajenas y llamar al mono así es, en realidad, un homenaje a Nietzsche, no el ilustre filósofo alemán, sino el gato de una amiga. No tardé mucho en darme cuenta de que, aunque Panscheel Enclave sería el hogar ideal para nuestro Kierkegaard, por su vegetación y la agradable compañía, no es tan fácil hacerse con un simio en la India. No solo por que son mas ágiles que yo, al disponer de una extremidad mas y de un ingenio mas agudo que el mío, sino porque la mayoría de los monos que tenemos en Delhi viven como salvajes. Con esto no me refiero solo a que vivan sueltos por la ciudad, cosa que los convertiría en urbanitas más que en salvajes, sino a que además son poco civilizados, bastante desagradables al trato y muy amigos de lo ajeno. Según nos cuentan nuestros vecinos y amigos, con el calor, los monos entran en las casas sin llamar para disfrutar de tu aire acondicionado y asaltar tu nevera sin preguntar (como hacía Marcelo en Tomares y yo mismo en su casa de Dr. Fourquet).

Nuestro plan era adoptar a Kierkegaard, refinar su carácter y costumbres (conversación interesante, usar bien los cubiertos, un par de chistes… ya sabéis, esas cosas que nos gustan tanto en occidente) y liberarlo finalmente para que le enseñara lo aprendido a otros monos de Delhi (como hacían con Conan en la película, pero ese se les escapó). El problema es que el ayuntamiento fue más rápido que nosotros y contrató a tipos con babuinos gigantes que acojonaban a los otros monos. Así es como dejó de tener sentido el hacer todo ese esfuerzo por criar a un mono sin ningún propósito concreto, solo hay que ver como lo pasó mi madre (última vez que la menciono en esta entrada, lo prometo).

Así que este primer fracaso simboliza todo lo que no he conseguido cumplir en estos meses. Todavía no he conseguido aprender hindi, en su lugar domino admirablemente el leguaje de los signos. Este me permite vivir la fantasía de que me comunico con los no angloparlantes, lo que provoca todo tipo de malentendidos absurdos y dignos de entradas muy divertidas. Pero el verdadero problema para mí son los que hacen como si no se enteraran. El otro día fui a comprar un teclado nuevo para mi móvil a Malviya Nagar. Después de recorrer todas las tiendas de móviles, llegué a una que se anunciaba con un cartel gigante de Nokia “¿Será un distribuidor oficial?” (término horrible que en fondo nunca me ha dicho nada). Entré en la tienda y pregunté por el teclado señalando dramáticamente la ausencia de éste en mi móvil. El dependiente me miró como si me estuviera dando el pésame y me dijo “Vas a tener que comprar un móvil nuevo”, mientras empezaba a sacar móviles del mostrador. Con cara de pena, le dije que no quería uno nuevo, con el que tenía estaba contento. Pareció apiadarse de mí cuando me indicó un sitio donde encontrar el teclado “Down, left and right”, “Ok” dije yo y salí de la tienda. Bajé la calle, gire a la izquierda y después a la derecha, miré a mi alrededor y estaba en mitad de una zona residencial “Me habré equivocado”, pensé. Desanduve mis pasos para preguntar de nuevo las indicaciones. Esta vez el dependiente de antes estaba ocupado con otro cliente, así que me atendió otro que parecía… menos listo. Le pregunté por la tienda de los “keyboards”, abrió un cajón lleno de teclados y en dos segundos lo tenía en el móvil. Entonces miré al otro preguntándome un poco asustado “Down, left and right? ¿A que se refería?”. El tipo me miró y me dijo “No English”, será mamón. Para los interesados, seguramente pagué de más, 50 rupias, casi un euro.

También hay muchas otras cosas que me propuse y que si he cumplido a rajatabla. La única prueba que necesitáis es el hecho de que sigo vivo y que no he contraído, todavía, ninguna de las enfermedades que la mayoría de los médicos en España me habían prometido que cogería por aquí. Así es como estoy cumpliendo con mi propósito de, como mínimo, sobrevivir.

Sobre otras promesas incumplidas, ya sabéis donde reclamar.

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miércoles, 11 de marzo de 2009

Holi (mañana mas)

video

Un pequeño ejemplo de Punjabi dance durante el Holi, una fiesta que empieza por la mañana temprano y que a las cuatro de la tarde tiene a todo el norte de la India en la cama... mañana os cuento de que va.

viernes, 6 de marzo de 2009

CROSSOVER

Primero que nada debo disculparme por no estar posteando en el blog, pero lo siento, 7 horas de trabajo, buscar que cocinar, hablar con la familia, atender al novio y tratar de hacer un poco de vida social me absorbe toda la energía que tengo, pero aun así intentare poner algunas historias que he empezado a escribir. De todas formas, las historias de Anton son mas que suficientes para que se den una idea de lo que estamos pasando por aquí, además nadie lo narra mejor que él.

Debido a la enorme e impactante acogida que ha tenido este blog, y al hecho de que tenemos lectores anglo-parlantes (que traducen el blog con babel fish esperando entender aunque sea un poco) My Daily Delhi Belly hará el crossover y será editado en ambos idiomas (en una de esas nos vamos al tercero, depende de los lectores). Yo estaré a cargo de esta tarea y espero hacerle justicia a las historias de Antón.

Un saludo,

Gabi





First of all I wanna apologize for not posting more often, i'm sorry, but more than 7 hours of office, getting home, cooking, taking care of the boyfriend and trying to have a little of social life makes impossible to find extra time to keep this going on. I promise I will post something soon enough, I've been working on a couple of stories. Even though I think Anton's storys are amazing and I can't think of anyone better to tell you how our live here has been so far.

Due to the warm and surprising welcome that this blog seems to have and to the fact that we have english speaker readers (that try to cath even a glimpse of the stories using babel fish) we are glad to inform you "My Daily Delhi Belly" is finally doing the crossover and from now on will be posted in both languages (and hopefully soon we culd even go for the third one, depends on our readers). I will be in charge of the translation and I really hope to do justice to Anton's wonderful stories, just bear with me and keep in mind I haven't been writing english in a while.

Regards,

Gabi

martes, 3 de marzo de 2009

Tan guiris como yo.

Podría decir que esta entrada está inspirada en una idea de Gabi, mentiría, es un robo bajo, sucio y ruin… aunque no la publicaré sin su consentimiento, no me dieron tanto valor en el reparto.

Para los que no estén habituados al termino guiri, su significado se podría resumir escuetamente en “Extranjeros (sobretodo turistas) que vienen de países ricos y prósperos” http://inciclopedia.wikia.com/wiki/Guiri. En España, a la mayoría de los guiris que conozco no les gusta el término o dicen no sentirse identificados con él. A mí siempre me ha hecho gracia, me parecía divertido. Pero de nuevo le debo a la India avergonzarme de mis creencias pasadas ¿Estoy madurando por fin?, (esto también se lo puedes decir a la abuela, mamá)… puede ser. Es como cuando eras un pequeño adolescente y tus lemas eran “Nunca me pondré corbata” o “Seré un Artista independiente” o “Viviré rápido, moriré joven y dejaré la hipoteca sin pagar”, entonces tu madre te dice “Con el tiempo te vas a comer todo eso con patatas y eso si tienes la suerte de que te lo sirvan acompañado”. Pues bien, esta ha sido una de esas veces en las que me he tenido que comer mis palabras sin patatas y con salsa picante.

Creo que todos compartimos una fantasía en la que, cuando viajamos, no somos como esos japoneses que vemos haciendo fotos, o como esos alemanes con chanclas y calcetines, o como esos españoles que gritan por todos lados y que creen que hablando lento, el español se entiende en cualquier sitio. Nos gustaría vernos como auténticos exploradores (no como esos conquistadores del siglo XV tan políticamente incorrectos), más bien como Indiana Jones, pero sin robarles sus tesoros a los pueblos perdidos de la selva por el bien de la cultura y la grandeza de algún museo norteamericano. Básicamente, soñamos con ser la negación absoluta de lo que tristemente somos.

El domingo fuimos a pasar la tarde a Paharganj en Old Delhi, unos de los sitios mas “pintorescos” de la cuidad. El barrio es un mercado gigante en el que venden de todo. Además tienen hostales y restaurantes, es una de esas zonas que recomienda Lonely Planet y, por tanto, lo que siempre encontrarás allí son guiris. Pues bien, a diferencia de otras ocasiones en las que te encuentras a un occidental en un barrio cualquiera y compartes una mirada de complicidad con él o ella, en Old Delhi todos evitamos las miradas de los otros, esas miradas que dicen “Eres tan guiri como yo” y esas miradas no mienten. Cuando uno de esos tipos con 3 o 4 tonos de blanco y rosa mas que yo, con pijama de algodón, rastas y mochila a la espalda, pasan a mi lado, veo que los indios del mercado los acosan igual que a mí. Nos metimos en un restaurante que parecía tranquilo, en realidad todos los son, y nos sentamos en una terraza encantadora a una temperatura perfecta para comer una comida-merienda-cena (se nos había hecho tarde y la comida india es difícil de digerir). De pronto nos dimos cuenta de que en esa terraza, en la que todos los empleados nos saludaban juntando las manos y haciendo una pequeña reverencia, no había ni un solo indio sentado. Todos y cada uno de los clientes eran japoneses u occidentales, vamos, guiris. Entonces me miré a mi mismo, con mis pantalones cortos de H&M, con mis tenis de Pull and Bear y con mi piel luminosamente blanca y rosa y pensé “Tan guiris como yo”. Esa sensación fue tan terapéutica que nada más salir del restaurante me compré una guía Lonely Planet de la India de segunda mano… dicen que la mejor forma de solucionar un problema es reconocerlo. Mi nombre es Antón y soy un guiri.

Esta entrada se la dedico a mi amigo Kai ¿Os imagináis por qué?

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miércoles, 25 de febrero de 2009

Todos los bichos sagrados.

¿Esa ardilla es mi abuelo? No lo sé, pero por si acaso para en la próxima gasolinera.

Es fascinante la enorme cantidad de animales que puedes ver en las calles de Nueva Delhi, vacas, monos, águilas, cuervos, perros, algún caballo, ardillas, ratas, ratones y sucedáneos, otros pájaros de todos los colores y a los que no voy a nombrar, mas un porcentaje considerable de los insectos que habitan el planeta y a saber que mas. Además, también es increíble, que a algún gracioso, hace 5000 años, se le ocurriera que sería divertido que cualquiera se pudiera reencarnar en alguno de esos bichos. El tipo, por lo menos, tuvo el detalle de decir que dependiendo de lo bueno que fueras en la vida, te podía caer una criatura mas o menos agradable (no sé si según el criterio del consumidor o seguíendo alguna norma general).

Delante de la ventana de nuestro apartamento hay un árbol enorme lleno de pájaros y ardillas. Por ejemplo, en este momento estoy viendo como un cuervo negro y gris grazna por alguna razón que se escapa a mi comprensión. Es como estar de vuelta en Lavapies y oír los gritos de mis vecinos. Al principio joden, pero cuando te acostumbras, te da la impresión de que la niña del segundo que no para de llorar en toda la puta noche, te está deseando dulces sueños antes de dormir, o como si la vieja de enfrente, que escucha la COPE los domingo a las siete de la mañana, te avisara de que es hora de desayunar… o de pegarle un tiro.

La cuestión es que este acontecimiento, el cuervo junto a la ventana, que en cualquiera de los sitios en los que he vivido hasta ahora sería extraordinario, aquí solo te cuesta echarle un vistazo a un árbol cualquiera. Poco a poco me he ido acostumbrando, pero todavía, a veces, me quedo ensimismado mirando por la ventana, y el otro día me di de bruces con la cruel realidad del mundo salvaje. Vi como un águila cazaba a una ardilla a solo tres metros del balcón. Este acontecimiento me dejó profundamente consternado. No es como cuando lo ves en la tele, cómodamente sentado en el sillón, a cámara lenta, con la seductora voz de un narrador hablándote de la majestuosidad del ave, de su increíble vista, de sus poderosas garras… no tiene nada que ver. Aquí no te puedes olvidar de que esa pobre ardilla seguramente era el hermano, primo, hijo o abuelo del vecino, del frutero o de alguno de los niños que se ríen de mí… ¿Quién sabe si hace tres o cuatro reencarnaciones estuvo emparentada conmigo? Esta posibilidad me angustia, aunque no voy a negar que si mi pariente fuera el águila, entendería de donde me vienen la majestuosidad, la vista y las poderosas garras.

Algo que no entiendo es como esto no genera conflicto entre la gente. Aun tengo que investigar un poco más sobre el tema, pero supongamos que las personas que se reencarnan en bichos… animales, lo hacen en alguno que le coja cerca de casa. Teniendo en cuenta el gasto de energía que tiene que suponer la operación y que, estando muerto, no debes de tener muchas ganas de irte por ahí de paseo (además de lo contaminante que debe de ser el tráfico de almas), tiene todo el sentido del mundo. Entonces, si es posible que los animales que hay a tu alrededor sean familiares tuyos ¿Cómo mirarías a tus vecinos después de que su posible abuelo se coma a ese posible tío segundo al que querías tanto? En España con desconfianza y en EEUU, como mínimo, le sacas una indemnización por daños morales. En cambio aquí no les importa. Como si no te tocara de nada… no me lo explico.

El pobre desgraciado que se reencarno en la ardilla seguro que pensó que se iba a pegar la vida padre. Todo el día jugando entre el árbol de enfrente y mi balcón, hinchándose a comer fruta y dando por culo a los pájaros. Y un día va y le caza un águila, y la gente dice “Que majestuoso”, “¡¡¡Un huevo!!!” contestaría el águila si pudiera “Toda la vida siendo un tío de puta madre, pensando en lo genial que sería reencarnarme en un bicho tan guay. Y resulta que me paso el día comiendo ardillas crudas y tragándome la polución de toda esta ciudad y todo por no morirme en el campo”. Seguro que pensareis “¿Quien quiere ser águila en la India cuando se puede ser vaca?”. Si pudierais mirar a esos pobres animales a los ojos, os diré lo que veríais, a un bicho aburrido que se sienta en mitad de la carretera solo para llamar la atención, al que hace miles de años que nadie le da un abrazo y lo mas parecido a una muestra de cariño que recibe, es la mirada hambrienta de algún que otro occidental que lleva demasiado tiempo sin comerse un filete… ¿Quién quiere ser vaca en la India?

Esta entrada se la quiero dedicar a mi hermana, una gran amante de la naturaleza y de la fotografía de la fauna salvaje y domestica.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

Aquí hay polvo para todos…

Si algo hay en Delhi, sin que quepa la menor duda, es polvo ¿Puede que por el hecho de estar rodeados de desierto? ¿Puede que por algún tipo de conspiración de las fuerzas del mal? (posiblemente Pakistán)… quien sabe. Pero de lo que podéis estar seguros, es de que sus habitantes hacen todo lo posible para mantener esta ciudad impecable, puede que no sea suficiente, pero lo intentan. Sino no existirían estas droguerías móviles, que se mueven en manada y que podéis ver en la foto.



Cuando llegué, lo primero que pensé fue “Mi madre se pondría histérica con esta cantidad de polvo” y luego me dije “Que feliz vas a ser aquí, nunca podrás ser el más cochino” . Cuando vi pasar a una de estas bicicletas por primera vez, me di cuenta de la verdad, mi madre no sería tan infeliz en este país y yo iba a tener que limpiar de vez en cuando.

jueves, 12 de febrero de 2009

Sí, yo soy ese de las mallas (o porque los niños se ríen de mí).

Planeaba que mi próxima entrada en el blog fuera “El pito de los indios”, un fascinante estudio que estoy haciendo sobre las aficiones de nuestros gentiles anfitriones. Pero después del interés suscitado por la última publicación de Gabi, a raíz de mi costumbre de usar mallas para hacer deporte, y de que tengo la sensación de que mi imagen se está viniendo abajo en mi propio hogar, creo que tengo que aclarar un par de puntos importantes.

El primero de todos es que, desde hace años, los hombres y las mujeres modernos han estado luchando por muchas causas basándose en el principio de que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. Esta noble lucha ha abierto las puertas de la democracia a las mujeres y a las minorías raciales, ha dado voz a los pobres y ha ayudado a los enfermos. También provocó la revolución sexual, gracias. Esta es una batalla que continúa y continuará siempre. Pero hay un sector que suele quedar fuera de los discursos y que a veces siente que la sociedad les juzga a cada vistazo. Todos sabéis quiénes son, el hombre adulto de clase media, yo alzo la voz por ellos y sé que muchos me lo agradeceréis, tenemos que liberarnos de nuestros complejos.

En los setenta, algunos valientes decidieron que ya era hora de que todos pudieran ver la forma de sus masculinas piernas. Así que empezaron a usar pantalones ajustados, aunque por alguna extraña razón decidieron acampanarlos. El experimento no fue muy agraciado, pero fue un gran paso para el hombre. En los ochenta, los herederos de aquellos héroes cogieron el testigo de la trasgresión y se tiñeron el pelo, se pusieron gomina, hombreras y zapatos de distinto color. Se subieron a los escenarios de todo el mundo para mostrarse al mundo tal como eran, hombres adultos y relativamente normales que podían ir a trabajar con una americana remangada, una mini coleta y un pendiente en la oreja. Aunque la tentativa tampoco fue muy afortunada, sobran los documentos gráficos que lo demuestran (algunos en vuestras propias casas), esos hombres siempre serán un ejemplo. En los últimos veinte años nos hemos vuelto conservadores, todavía podemos ver a algún hombre valiente al que llamaríamos “pintas” u “hortera” sin importarnos sus sentimientos. Ya solo quedan notables excepciones que confirman la regla.

Pero la India me ha abierto los ojos. Sí, lo ha hecho. Muchos vaticinasteis un profundo cambio en mi forma de ver las cosas. Yo, que era un hombre orgulloso, me negué a creeros, pero ahora os entiendo. Entiendo ese cambio del que me hablabais. He vuelto a ver a esos hombres con pantalones de campana ajustados, con americanas remangadas, con anillos en los dedos y grandes pulseras y collares de oro. Y son hombres respetados. Son hombres orgullosos. Aunque yo no podía verlo porque miraba con ojos de occidental implacable, juzgándoles sin compasión, pero algo pasó que me hizo entender.

Hace unas semanas nos invitaron a la fiesta de cumpleaños de uno de los compañeros de Gabi. Como había visto en muchas otras ocasiones en mi vida, aquella fiesta era un campo de nabos. Seis chicas y veinte chicos. Teniendo en cuenta que tres de ellas estaban casadas y Gabi estaba conmigo, no se podía decir que aquellos tipos tuvieran muchas posibilidades de “intimar” esa noche. Algo pasaba que me llamó la atención, ellos no estaban preocupados por eso, todo lo contrario, estaban contentos y animados. Los indios son un pueblo alegre y divertido, que sabe divertirse en las fiestas aunque no tengan expectativa de comerse un rosco, todo un ejemplo. Poco a poco veía como más hombres se unían al baile. Felices, se contoneaban con estilo al ritmo de música electrónica, se abrazaban y animaban, se podía respirar compañerismos y hermandad en aquella casa. Los únicos hombres occidentales en la fiesta éramos Balti (holandés, compañero de trabajo de Gabi y mío en la cancha de baloncesto) y yo. Ambos fuimos invitados a participar del folklórico, y extasiantemente libre de drogas, baile Punjabi. Nuestra versión para principiantes consistía en que los dos bailarines nos cogiéramos tobillo con tobillo y nos dedicásemos a dar vueltas mientras todos los demás nos jaleaban. ¿Qué hacían las mujeres? Mirarnos y, seguramente, pensar “¡Como me gustaría hacer eso!” o “¡Que sexy se ve Antón cuando hace el punjabi!” u “¡Hombres! Como les gusta hacer el gilipollas”.

Todo esto me lleva a las mallas. Los que ni siquiera hacéis deporte nunca lo entenderéis. A los que si lo hacéis, solo os diré una cosa, han cambiado mi vida, y ahora me siento libre para decirlo, ¡¡¡Gracias, India!!! Ahora bien, creo que el artículo de Gabi os ha llevado a un error que merece la pena aclarar. Yo no voy a correr con las mallas por fuera, llevo unas calzonas encima, como podréis ver en las fotos explicativas de abajo. Según mi teoría, los niños se ríen de mí porque se sienten intimidados por mis piernas peludas, o porque les deslumbra el color extremadamente blanco de mi piel… ni idea. Creo que nunca lo sabré con certeza.



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viernes, 6 de febrero de 2009

¿Que me ves?

Salir a la calle es sin duda siempre una aventura. No porque uno vaya a lidiar con elefantes o monos (aunque si que sucede) sino porque en nuestra condición de “forenis”* (si, condición porque a veces parece una enfermedad) solemos cometer errores que no podemos comprender.

Ejemplo no 1:
Antón sale a correr en mallas y shorts camino al parque. Los niños se burlan de el, aun no entiendo si se ríen porque va en shorts (pero lo dudo porque ya hemos visto hombres con los pantalones bajados hasta las rodillas caminando sin pena por la calle) ¿o será entonces por las mallas? (tampoco lo creo, los indios tienen una rara predilección por la ropa ajustada) ¿sera el palido color de sus piernas? (hmmm... el producto mas codiciado en la India son las cremas blanqueadoras) ya les digo...un misterio.

Ejemplo no. 2:
Decido ir al trabajo en bicicleta. Esto, por alguna razón les causa risa, no lo entiendo, estoy segura que lo estoy haciendo de la manera adecuada, pero los niños de colegio cuando ven que voy a pasar frente a ellos se acercan, forman un grupo y me aplauden cuando salto el tope. En serio que no lo entiendo, tal vez solo esperan ver el día en que me caiga.

Ejemplo no. 3:
Salimos a pasear y llevo puestos unos pantalones a la cadera. Cada hombre de la calle sin excepción me voltea a ver con una cara que empieza a incomodarnos, al principio Anton creía que era la blusa que llevaba, después que los pantalones eran un poco entallados, finalmente nos hemos dado cuenta que era el ombligo, o el tatuaje, que se yo, pero definitivamente el estomago, cosa sumamente extraña teniendo en cuenta que las indias cuando usan saris siempre llevan el estomago de fuera.

Ejemplo no. 4:
El ir cogidos de la mano por la calle. Esto, mas que un acto de cursilería es una acto de protección por parte de Antón después de darse cuenta que casi me atropellan los rickshaws en mas de una ocasión. El punto es que lo extraño es que aquí la gente si va cogida de la mano, pero ojo, solo los hombres. Aun no entendemos si entonces Delhi es la capital gay de la India o si es normal coger a tu amigo de la mano y suavemente descansar tu mano sobre su muslo en lo que llega el autobús.
Pero después de analizarlo un rato, Antón y yo hemos llegado a la conclusión de que debido a mi altura y el hecho de que caminamos de la mano estos tipos han de creer que Antón sale con un transexual, lo cual también explicaría porque la ultima vez que compre una navaja de afeitar (que uso para afilar mis carbones) la dependienta me vio con ternura y me dijo: “Oh my god!!! You look so girly and so pretty!!”

*foreni es el término que usan los indios para designar a los extranjeros, sobre todo a aquellos que van haciendo cosas propias únicamente de gringos.

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