miércoles, 25 de febrero de 2009

Todos los bichos sagrados.

¿Esa ardilla es mi abuelo? No lo sé, pero por si acaso para en la próxima gasolinera.

Es fascinante la enorme cantidad de animales que puedes ver en las calles de Nueva Delhi, vacas, monos, águilas, cuervos, perros, algún caballo, ardillas, ratas, ratones y sucedáneos, otros pájaros de todos los colores y a los que no voy a nombrar, mas un porcentaje considerable de los insectos que habitan el planeta y a saber que mas. Además, también es increíble, que a algún gracioso, hace 5000 años, se le ocurriera que sería divertido que cualquiera se pudiera reencarnar en alguno de esos bichos. El tipo, por lo menos, tuvo el detalle de decir que dependiendo de lo bueno que fueras en la vida, te podía caer una criatura mas o menos agradable (no sé si según el criterio del consumidor o seguíendo alguna norma general).

Delante de la ventana de nuestro apartamento hay un árbol enorme lleno de pájaros y ardillas. Por ejemplo, en este momento estoy viendo como un cuervo negro y gris grazna por alguna razón que se escapa a mi comprensión. Es como estar de vuelta en Lavapies y oír los gritos de mis vecinos. Al principio joden, pero cuando te acostumbras, te da la impresión de que la niña del segundo que no para de llorar en toda la puta noche, te está deseando dulces sueños antes de dormir, o como si la vieja de enfrente, que escucha la COPE los domingo a las siete de la mañana, te avisara de que es hora de desayunar… o de pegarle un tiro.

La cuestión es que este acontecimiento, el cuervo junto a la ventana, que en cualquiera de los sitios en los que he vivido hasta ahora sería extraordinario, aquí solo te cuesta echarle un vistazo a un árbol cualquiera. Poco a poco me he ido acostumbrando, pero todavía, a veces, me quedo ensimismado mirando por la ventana, y el otro día me di de bruces con la cruel realidad del mundo salvaje. Vi como un águila cazaba a una ardilla a solo tres metros del balcón. Este acontecimiento me dejó profundamente consternado. No es como cuando lo ves en la tele, cómodamente sentado en el sillón, a cámara lenta, con la seductora voz de un narrador hablándote de la majestuosidad del ave, de su increíble vista, de sus poderosas garras… no tiene nada que ver. Aquí no te puedes olvidar de que esa pobre ardilla seguramente era el hermano, primo, hijo o abuelo del vecino, del frutero o de alguno de los niños que se ríen de mí… ¿Quién sabe si hace tres o cuatro reencarnaciones estuvo emparentada conmigo? Esta posibilidad me angustia, aunque no voy a negar que si mi pariente fuera el águila, entendería de donde me vienen la majestuosidad, la vista y las poderosas garras.

Algo que no entiendo es como esto no genera conflicto entre la gente. Aun tengo que investigar un poco más sobre el tema, pero supongamos que las personas que se reencarnan en bichos… animales, lo hacen en alguno que le coja cerca de casa. Teniendo en cuenta el gasto de energía que tiene que suponer la operación y que, estando muerto, no debes de tener muchas ganas de irte por ahí de paseo (además de lo contaminante que debe de ser el tráfico de almas), tiene todo el sentido del mundo. Entonces, si es posible que los animales que hay a tu alrededor sean familiares tuyos ¿Cómo mirarías a tus vecinos después de que su posible abuelo se coma a ese posible tío segundo al que querías tanto? En España con desconfianza y en EEUU, como mínimo, le sacas una indemnización por daños morales. En cambio aquí no les importa. Como si no te tocara de nada… no me lo explico.

El pobre desgraciado que se reencarno en la ardilla seguro que pensó que se iba a pegar la vida padre. Todo el día jugando entre el árbol de enfrente y mi balcón, hinchándose a comer fruta y dando por culo a los pájaros. Y un día va y le caza un águila, y la gente dice “Que majestuoso”, “¡¡¡Un huevo!!!” contestaría el águila si pudiera “Toda la vida siendo un tío de puta madre, pensando en lo genial que sería reencarnarme en un bicho tan guay. Y resulta que me paso el día comiendo ardillas crudas y tragándome la polución de toda esta ciudad y todo por no morirme en el campo”. Seguro que pensareis “¿Quien quiere ser águila en la India cuando se puede ser vaca?”. Si pudierais mirar a esos pobres animales a los ojos, os diré lo que veríais, a un bicho aburrido que se sienta en mitad de la carretera solo para llamar la atención, al que hace miles de años que nadie le da un abrazo y lo mas parecido a una muestra de cariño que recibe, es la mirada hambrienta de algún que otro occidental que lleva demasiado tiempo sin comerse un filete… ¿Quién quiere ser vaca en la India?

Esta entrada se la quiero dedicar a mi hermana, una gran amante de la naturaleza y de la fotografía de la fauna salvaje y domestica.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

Aquí hay polvo para todos…

Si algo hay en Delhi, sin que quepa la menor duda, es polvo ¿Puede que por el hecho de estar rodeados de desierto? ¿Puede que por algún tipo de conspiración de las fuerzas del mal? (posiblemente Pakistán)… quien sabe. Pero de lo que podéis estar seguros, es de que sus habitantes hacen todo lo posible para mantener esta ciudad impecable, puede que no sea suficiente, pero lo intentan. Sino no existirían estas droguerías móviles, que se mueven en manada y que podéis ver en la foto.



Cuando llegué, lo primero que pensé fue “Mi madre se pondría histérica con esta cantidad de polvo” y luego me dije “Que feliz vas a ser aquí, nunca podrás ser el más cochino” . Cuando vi pasar a una de estas bicicletas por primera vez, me di cuenta de la verdad, mi madre no sería tan infeliz en este país y yo iba a tener que limpiar de vez en cuando.

jueves, 12 de febrero de 2009

Sí, yo soy ese de las mallas (o porque los niños se ríen de mí).

Planeaba que mi próxima entrada en el blog fuera “El pito de los indios”, un fascinante estudio que estoy haciendo sobre las aficiones de nuestros gentiles anfitriones. Pero después del interés suscitado por la última publicación de Gabi, a raíz de mi costumbre de usar mallas para hacer deporte, y de que tengo la sensación de que mi imagen se está viniendo abajo en mi propio hogar, creo que tengo que aclarar un par de puntos importantes.

El primero de todos es que, desde hace años, los hombres y las mujeres modernos han estado luchando por muchas causas basándose en el principio de que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. Esta noble lucha ha abierto las puertas de la democracia a las mujeres y a las minorías raciales, ha dado voz a los pobres y ha ayudado a los enfermos. También provocó la revolución sexual, gracias. Esta es una batalla que continúa y continuará siempre. Pero hay un sector que suele quedar fuera de los discursos y que a veces siente que la sociedad les juzga a cada vistazo. Todos sabéis quiénes son, el hombre adulto de clase media, yo alzo la voz por ellos y sé que muchos me lo agradeceréis, tenemos que liberarnos de nuestros complejos.

En los setenta, algunos valientes decidieron que ya era hora de que todos pudieran ver la forma de sus masculinas piernas. Así que empezaron a usar pantalones ajustados, aunque por alguna extraña razón decidieron acampanarlos. El experimento no fue muy agraciado, pero fue un gran paso para el hombre. En los ochenta, los herederos de aquellos héroes cogieron el testigo de la trasgresión y se tiñeron el pelo, se pusieron gomina, hombreras y zapatos de distinto color. Se subieron a los escenarios de todo el mundo para mostrarse al mundo tal como eran, hombres adultos y relativamente normales que podían ir a trabajar con una americana remangada, una mini coleta y un pendiente en la oreja. Aunque la tentativa tampoco fue muy afortunada, sobran los documentos gráficos que lo demuestran (algunos en vuestras propias casas), esos hombres siempre serán un ejemplo. En los últimos veinte años nos hemos vuelto conservadores, todavía podemos ver a algún hombre valiente al que llamaríamos “pintas” u “hortera” sin importarnos sus sentimientos. Ya solo quedan notables excepciones que confirman la regla.

Pero la India me ha abierto los ojos. Sí, lo ha hecho. Muchos vaticinasteis un profundo cambio en mi forma de ver las cosas. Yo, que era un hombre orgulloso, me negué a creeros, pero ahora os entiendo. Entiendo ese cambio del que me hablabais. He vuelto a ver a esos hombres con pantalones de campana ajustados, con americanas remangadas, con anillos en los dedos y grandes pulseras y collares de oro. Y son hombres respetados. Son hombres orgullosos. Aunque yo no podía verlo porque miraba con ojos de occidental implacable, juzgándoles sin compasión, pero algo pasó que me hizo entender.

Hace unas semanas nos invitaron a la fiesta de cumpleaños de uno de los compañeros de Gabi. Como había visto en muchas otras ocasiones en mi vida, aquella fiesta era un campo de nabos. Seis chicas y veinte chicos. Teniendo en cuenta que tres de ellas estaban casadas y Gabi estaba conmigo, no se podía decir que aquellos tipos tuvieran muchas posibilidades de “intimar” esa noche. Algo pasaba que me llamó la atención, ellos no estaban preocupados por eso, todo lo contrario, estaban contentos y animados. Los indios son un pueblo alegre y divertido, que sabe divertirse en las fiestas aunque no tengan expectativa de comerse un rosco, todo un ejemplo. Poco a poco veía como más hombres se unían al baile. Felices, se contoneaban con estilo al ritmo de música electrónica, se abrazaban y animaban, se podía respirar compañerismos y hermandad en aquella casa. Los únicos hombres occidentales en la fiesta éramos Balti (holandés, compañero de trabajo de Gabi y mío en la cancha de baloncesto) y yo. Ambos fuimos invitados a participar del folklórico, y extasiantemente libre de drogas, baile Punjabi. Nuestra versión para principiantes consistía en que los dos bailarines nos cogiéramos tobillo con tobillo y nos dedicásemos a dar vueltas mientras todos los demás nos jaleaban. ¿Qué hacían las mujeres? Mirarnos y, seguramente, pensar “¡Como me gustaría hacer eso!” o “¡Que sexy se ve Antón cuando hace el punjabi!” u “¡Hombres! Como les gusta hacer el gilipollas”.

Todo esto me lleva a las mallas. Los que ni siquiera hacéis deporte nunca lo entenderéis. A los que si lo hacéis, solo os diré una cosa, han cambiado mi vida, y ahora me siento libre para decirlo, ¡¡¡Gracias, India!!! Ahora bien, creo que el artículo de Gabi os ha llevado a un error que merece la pena aclarar. Yo no voy a correr con las mallas por fuera, llevo unas calzonas encima, como podréis ver en las fotos explicativas de abajo. Según mi teoría, los niños se ríen de mí porque se sienten intimidados por mis piernas peludas, o porque les deslumbra el color extremadamente blanco de mi piel… ni idea. Creo que nunca lo sabré con certeza.



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viernes, 6 de febrero de 2009

¿Que me ves?

Salir a la calle es sin duda siempre una aventura. No porque uno vaya a lidiar con elefantes o monos (aunque si que sucede) sino porque en nuestra condición de “forenis”* (si, condición porque a veces parece una enfermedad) solemos cometer errores que no podemos comprender.

Ejemplo no 1:
Antón sale a correr en mallas y shorts camino al parque. Los niños se burlan de el, aun no entiendo si se ríen porque va en shorts (pero lo dudo porque ya hemos visto hombres con los pantalones bajados hasta las rodillas caminando sin pena por la calle) ¿o será entonces por las mallas? (tampoco lo creo, los indios tienen una rara predilección por la ropa ajustada) ¿sera el palido color de sus piernas? (hmmm... el producto mas codiciado en la India son las cremas blanqueadoras) ya les digo...un misterio.

Ejemplo no. 2:
Decido ir al trabajo en bicicleta. Esto, por alguna razón les causa risa, no lo entiendo, estoy segura que lo estoy haciendo de la manera adecuada, pero los niños de colegio cuando ven que voy a pasar frente a ellos se acercan, forman un grupo y me aplauden cuando salto el tope. En serio que no lo entiendo, tal vez solo esperan ver el día en que me caiga.

Ejemplo no. 3:
Salimos a pasear y llevo puestos unos pantalones a la cadera. Cada hombre de la calle sin excepción me voltea a ver con una cara que empieza a incomodarnos, al principio Anton creía que era la blusa que llevaba, después que los pantalones eran un poco entallados, finalmente nos hemos dado cuenta que era el ombligo, o el tatuaje, que se yo, pero definitivamente el estomago, cosa sumamente extraña teniendo en cuenta que las indias cuando usan saris siempre llevan el estomago de fuera.

Ejemplo no. 4:
El ir cogidos de la mano por la calle. Esto, mas que un acto de cursilería es una acto de protección por parte de Antón después de darse cuenta que casi me atropellan los rickshaws en mas de una ocasión. El punto es que lo extraño es que aquí la gente si va cogida de la mano, pero ojo, solo los hombres. Aun no entendemos si entonces Delhi es la capital gay de la India o si es normal coger a tu amigo de la mano y suavemente descansar tu mano sobre su muslo en lo que llega el autobús.
Pero después de analizarlo un rato, Antón y yo hemos llegado a la conclusión de que debido a mi altura y el hecho de que caminamos de la mano estos tipos han de creer que Antón sale con un transexual, lo cual también explicaría porque la ultima vez que compre una navaja de afeitar (que uso para afilar mis carbones) la dependienta me vio con ternura y me dijo: “Oh my god!!! You look so girly and so pretty!!”

*foreni es el término que usan los indios para designar a los extranjeros, sobre todo a aquellos que van haciendo cosas propias únicamente de gringos.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

“¿Será contaminante la tele-transportación? 2. La vuelta a casa (Delhi)”.

Después de barajar las distintas opciones que teníamos para volver a Nueva Delhi el día de la República, decidimos que lo más cómodo para llegar más o menos temprano era coger un autobús a la una y media de la tarde. El billete nos costó unas 800 rupias a los dos en lo que ellos llaman un Volvo Super Deluxe. Llegamos a la estación temprano, como a las doce de la mañana. Habíamos intentado llegar al templo de los monos, pero el conductor del rickshaw se equivoco o quiso oír lo que le dio la gana y nos dejó en el templo de los espejos (¿monkey temple, mirror temple?) en mitad de la hermosa y bestialmente concurrida ciudad rosa, el casco antiguo de Jaipur. Después de dar un par de vueltas y de que un par de vendedores de plata y joyas intentaran charlar con nosotros en español, decidimos irnos a la estación de autobuses.

Como ya he dicho antes, llegamos temprano, así que entramos en el bar de la estación. Elegimos el sitio más agradable junto a la ventana, descubrimos que no estaba ocupado porque también era el sitio preferido de las moscas del bar. Pedimos un par de refrescos para ir haciendo el tiempo, cada cinco minutos venía el camarero a preguntarnos si queríamos algo mas, a la tercera le pedí otro refresco y la siguiente visita vino acompañada de la cuenta, entendimos que era una invitación a que dejáramos la mesa vacía. Miré el bar, estaba vacío, solo había una mesa mas ocupada, “Menuda estrategia comercial mas mal enfocada” pensé “somos los únicos clientes que le damos algo de colorido a este antro (en mi caso descolorido)” y nos fuimos a la sala de espera del Volvo Super Deluxe. Se suponía que era el sitio más lujoso de la estación, y debía serlo por que tenía un par de ventiladores gigantes. Todas las sillas de la sala estaban orientadas hacia la puerta de entrada. Me sentía como si fuéramos un jurado o un grupo de examinadores que fueran a calificar a un bailarín, opositor o concursante de cualquiera de esos programas tan buenos de la tele. Abrimos nuestros libros y empezamos a leer. Cuando quedaban unos 20 minutos para que saliera el autobús, pensamos que no sería mala idea pedir unos sándwiches en el bar de la estación, ya que no nos sentíamos nada resentidos por el agradable trato recibido. Entramos de nuevo en el bar y el camarero parecía contento de vernos, le pedimos un par de sándwiches para el viaje y nos sentamos a esperar. Empezó a entrar más gente en el establecimiento y a pedir comida. Gabi hizo de tripas corazón y emprendió la siempre arriesgada hazaña de asaltar un servicio público en cualquier parte del mundo. Mientras veía como pasaba el tiempo, ni Gabi ni el sándwich aparecían. El resto de los clientes recibían alegremente sus platos, pero yo no veía nuestra comida por ninguna parte. Cuando llegó Gabi quedaban cinco minutos para subir al autobús. Le preguntamos al camarero. “Ya salen” dijo él. Cuando solo quedaba un minuto, nos acercamos a la barra y volvimos a preguntar, nos contesto lo mismo. En ese momento pudimos ver como el mismo camarero entraba en una cocina llena de gente sin hacer nada, y cogía una bolsa de pan de molde. Miramos el reloj y le gritamos que ya no queríamos los sándwiches, tampoco les importo mucho.

Llegamos a nuestro autobús, la gente estaba cargando sus maletas. Cuando el conductor me vio aparecer me pidió 2 rupias por meter mi equipaje en el maletero, sospeche que no era el sistema habitual por las risitas del tipo que supuestamente le ayudaba y que estaba apoyado en un carrito. Luego escribió algo en mi maleta que no pude leer y me dijo algo que no pude entender. Me subí al autobús pensando en que podía haber escrito: “occidental”, “pringao”, “robadle”… luego me di cuenta de que eran prejuicios injustificados. En el tiempo que llevo en la India, la gente ha sido relativamente honrada conmigo. Pocos han obviado que soy blanco y todos han supuesto que soy rico, así que han intentado cobrarme en relación a eso parámetros. Pero gracias a la experiencia de Gabi he conseguido aprender a lo que se parece un precio justo, aunque tengo la sensación de que sigo pagando más de la cuenta.

Resumiendo el Volvo Super Deluxe arranca, después de 30 minutos de esquivar el caótico trafico de Jaipur salimos a la carretera y el autobús se para. Cuatro de los pasajeros se bajan apurados y se van detrás de unos arbustos, vuelven relajados y sonrientes. Cuando el conductor intenta arrancar, el bus no se mueve, de hay la palabra “intenta”. Después de una hora de espera aparece otro Volvo Super Deluxe y cambiamos de vehículo mientras me pregunto “¿en esto consistirá el servicio Deluxe?”. Después de volver a la carretera no hay mucho más que contar. Primero descubrimos que en India, igual que en España y en México, el último día de un puente festivo se forman atascos, así de simple. Las diez horas de viaje hicieron que la adolescente que se sentaba dos sitios por delante, nos pudiera vigilar durante más tiempo. Que nuestros compañeros de viaje pudieran desaguar un par de veces más. Nos permitió comprobar que las estaciones de servicio están tan abarrotadas como se esperaba. Y me llevaron a preguntarme si, teniendo en cuenta que cuando te tele-transportas copian tus moléculas de un sitio en otro ¿Qué pasa con la calidad de las moléculas? Obviamente no es el mismo en Madrid, Paris o Delhi que en el Amazonas ¿Cómo de contaminante es el proceso? Y sobre todo ¿Cuánto sale el equipaje extra?...

“¿Será contaminante la tele-transportación? 1. Viaje a Jaipur.”

“¿Será contaminante la tele-transportación?”, no es una pregunta habitual… todavía… bueno, quizás nunca lo sea. Pero a mi me vino a la cabeza cuando volvíamos de Jaipur en el autobús. Como el viaje duró diez horas, tuve tiempo de darle un par de vueltas al tema. Ya había sido “responsable” con el medio ambiente por casualidad cuando compré mi billete de Barcelona a Delhi con una compañía ecológica, Finnair. Cuando me enteré de que solo podía traer 20 kilos de equipaje, me cagué en el capitalismo por enésima en mi vida. Fue duro despedirme de todas esas camisetas, zapatos y pantalones que nunca usaba y que me habían hecho tanta compañía en el suelo de mi cuarto. Diría que fue refrescante viajar ligero de equipaje, pero estaría mintiendo. Odié a los finlandeses desde que empecé a hacer y deshacer mi maleta, hasta que vi a la azafata en el avión y pensé “No, no los odio… seguro que tienen una buena razón para querer cobrarme 30 euros por cada kilo extra que meta en el avión”. Con esa actitud hice mi viaje de 16 horas a la India vía Helsinki, positiva. Luego, cuando llegué, Gabi me dijo que mis queridos nórdicos me habían dejado prácticamente en pelotas y sin fondo de armario para salvar el planeta. Pude sentir como si Al Gore me diera una palmadita en la espalda.

Delhi y Jaipur están a 280 kilómetros aproximadamente, unidos por una autopista que parece una avenida comercial gigante. A ambos lados de la carretera se suceden infinidad de tiendas y puestos de comida, revistas y ropa. La ida fue relativamente sencilla. Mientras hacíamos cola para comprar nuestro billete en Bikaner House, una de las estaciones de autobuses de Delhi, se nos acercó un tipo hablando castellano perfecto. Me costó un poco darme cuenta de que no estaba hablando ingles, le entendía demasiado bien y no podía explicarme por que. El hombre nos ofrecía coger un taxi con un par de personas más por 700 rupias cada uno. Nos pareció razonable y cómodo, así que aceptamos la oferta. Después de negociar con unos cuantos taxistas, de dejar a uno de nuestros compañeros en la estacada y de que nos pusieran un par de sillas de plástico en la puerta de la estación a Gabi y a mí (solo me faltaba un traje de lino, un bastón y un sombrero Panama). Encontramos una amplia lata de sardinas con ruedas por 800 rupias cada uno.

El hispano parlante (HP, no por las impresoras) viajaba acompañado de un amigo nepalí. Finalmente conseguimos encajarnos todos en el coche. El HP y el conductor, delante. El nepalí, Gabi y yo, detrás. HP nos contó que había aprendido a hablar español en sus viajes de negocios, que tenía una tienda de joyas en Katmandú y que hacía más de diez años que no iba a la India, “¿Un prófugo de la justicia?” pensé. Luego, cuando le dije que quería hacer un viaje a China (a Gabi no le hace tanta ilusión), nos dijo que a él no le gustaba China por que los chinos eran pobres y maleducados, opinión que extendía a los negros y a los indios. Entendí, entonces, que no era un hombre perseguido, solo un tipo con bastantes prejuicios y una boca muy sucia, en sentido literal.

A esa altura me enfrenté a una de esas pruebas que pueden marcar tu vida en un país como este, comí comida de un puesto callejero… no os asustéis, si os estoy escribiendo estas líneas es porque he sobrevivido. Aunque no estoy muy seguro de las consecuencias. Habíamos hecho una de esas paradas para estirar la piernas, cuando HP me ofreció un poco de pescado de un puesto. Mire a mi alrededor, situé mentalmente la carretera de Delhi a Jaipur en el mapa de la India (está en el centro, bastante lejos del mar), miré el pescado para asegurarme que no era de río (no lo era). Pensé esta vez en los sistemas de refrigeración de alimentos que había visto hasta ese momento, sin comentarios. Y finalmente acepté probar el pescado por que me inspiraba confianza que me lo ofrecieran en español… no estaba malo, un poco gelatinoso, pero sabía a cazón en adobo.

Después de un par de horas de viaje, nuestros compañeros no pudieron resistir el mono y se encendieron un cigarro. Gabi, que acaba de dejar de fumar, se despertó inmediatamente y juntos pudimos ver como HP y su amigo nepalí se pasaban el cigarro entre ellos. Cuando le pregunté por que iban a Jaipur, HP me dijo que iban a la boda de su sobrina. Mi mente de occidental prejuicioso funcionó como lo haría en España, dos hombres que viajan juntos y solos a la boda de la sobrina de uno de ellos, a una ciudad que no visitan desde hace 10 años y que además comparten el mismo cigarro… soy una persona demasiado perversa…

Cuando llegamos a Jaipur, HP y su compañero se bajaron primero y se despidieron. Entonces caí en la cuenta de que prácticamente no había intercambiado una palabra con el nepalí, que parecía un hombre muy agradable. En cuanto supimos que uno de los presentes hablaba español, no volvimos a usar el ingles en el viaje. Es curioso el efecto relajante que tiene tu propio idioma hablado por extraños en un país tan lejano. Después de dejar a nuestros compañeros, nos dirigimos al hotel, el Aria Niwuas (creo). En cuanto el conductor nos dejó en la puerta le dimos las 1600 rupias acordadas. Entonces se dio la vuelta y me dijo “¿Están contentos con mi conducción?” mire a Gabi, ambos sabíamos que venía a continuación. “Si” le conteste. “¿Y no cree que eso se merece unas 200 rupias más?”. Le di 100 mientras pensaba en las 6 horas que había tardado en hacer 280 kilómetros e iniciábamos el fin de semana en Jaipur, en el que lo único que se esperaba de nosotros es que gastásemos mucho dinero y nos dejáramos estafar un poquito, pero esto merece un capitulo aparte.