sábado, 26 de junio de 2010

El reto.

Me voy a proponer un reto a mí mismo y lo voy a compartir con vosotros. Me apuesto a mi mismo que al final de este año voy a ser capaz de traducir al español castizo esta canción de Café Tacuba sin la ayuda de ningún chilango (gentilicio coloquial de los defeños, naturales del México DF).



Si no lo consigo...

viernes, 25 de junio de 2010

Como superar un viaje en el tiempo.

Soy un viajero del tiempo, de hecho soy un viajero que viene del futuro y para variar no he sabido sacarle ningún provecho a esta condición. Tampoco es que venga de un futuro muy lejano, no he conocido a vuestros hijos y no sé si algún día terminareis de pagar la hipoteca. ¿Cómo es posible? Muy sencillo, como casi todos habéis visto Superman, sabéis que si se vuela en sentido Este-Oeste, alrededor del globo terrestre, se puede retroceder en el tiempo y salvar a Lois Lane, que parece ser la única utilidad de esta experiencia. A grandes rasgos es lo mismo que hemos hecho Gabi y yo viajando de India a México, el único problema es que en caso de que Lois Lane hubiera estado en peligro, el piloto de nuestro avión habría metió la pata volando por el polo norte en lugar de viajar en hacía la izquierda, mirando hacia el norte... bueno, no sé si a efectos prácticos este viaje le hubiera servido de algo a esta intrépida y temeraria periodista, aunque si me permitís aventurarme yo diría que Clark Kent se hubiera quedado viudo.

La verdad es que la utilidad de viajar doce horas al pasado es muy relativa, sobre todo si se tiene en cuenta que se tardan unas veinticuatro en llegar, así que lo único que haces es tragarte 24 horas de viaje para que te las cuenten como si solo fueran 12 y encima, si haces escala en EEUU, corres el riesgo de acabar metido en un cuartito aterrorizado ante la expectativa de que un policía grandullón y maleducado se ponga un guante de latex y saque un bote de vaselina. Aquí viene uno de los pocos consejos prácticos que recibiréis en My Daily Delhi Belly, si viajáis a USA consultad la web de la embajada, porque aunque no nos haga falta visado turista, tenemos que pedir permiso y a poca gente le apetece pasar por una experiencia tan intima con un tipo con tan grosero.

Como antes de viajar a cualquier sitio siempre conviene documentarse un poco, quiero compartir con vosotros algunas de mis fuentes más fiables sobre este gran país que conocemos como México. La primera es mi buen amigo Javi, quien en una ocasión me contó que un mexicano le había dicho que nada más bajarte del avión en el aeropuerto del DF, te pegaban un tiro. Yo, que soy una persona muy inocente, pensé en lo bien que les venía eso a las compañías aéreas, ya que la mayoría de los pasajeros compran sus billetes de ida y vuelta, además así se explicaría la exagerada y siempre sospechosa poca diferencia de precio entre un pasaje solo de ida y uno que incluyera la vuelta. Por supuesto, aunque tuve la prudencia de comprar mi billete en un solo sentido, porque más vale prevenir que curar, esta no era mi principal preocupación cuando me bajé del avión. Lo que ocupaba mi mente era mi inminente presentación ante mi familia política. Después de todo, no sería una locura que, teniendo en cuenta con todas las perrerías que les hemos hecho a lo largo de la historia, una familia mexicana no se fiara de un yerno español. Así que imprudente de mí, en lugar de preocuparme por las personas con armas fuego, me dediqué a buscar a mi suegra y a mi cuñada. En lo único que fui prudente fue en adecentarme un poco cortándome el pelo unas semanas antes, en Delhi. El resultado me hizo darme cuenta que si muchos indios llevan esos pelos es porque quieren… o por una de esas razones que a los cosmopolitas como yo nos gusta catalogar como “culturales”. Debí de ser muy afortunado porque no solo salí intacto del aeropuerto, sino que mi primer encuentro con la progenitora de Gabi pareció ser todo un éxito. Yo intente hacerme el gracioso un par de veces y ella se rió cortésmente.

Mi segunda fuente viene de la India y de una opinión muy generalizada entre aquellos que habían estado en México y que aseguraban que no iba a sentir la diferencia, que iba a ser igualito a Delhi. Con esta idea me subí en el coche del padrastro de Gabi. En el primer tramo, entre una terminal y otra del aeropuerto, nada me pareció normal. Quiero decir que, habituado a vivir en la India, me sorprendió no ver animales, arena o gente amontonada en el aeropuerto. Es posible que debido a algún evento no le estuviera permitida la entrada a la población civil. Cuando llegamos a la otra terminal, nadie nos quiso cobrar la entrada, los taxistas no nos invitaban a subir a sus vehículos y no había cincuenta hombres disfrazados de mayordomo y levantando papeles con nombres occidentales. Allí nos encontramos con Pilar, que había traído una de nuestras maletas a pesar de conocernos de un mes… parece ser que nunca había visto “Jailed Abroad”. En el siguiente tramo, entre el aeropuerto y la casa de mi familia política, tampoco encontré nada que me recordara a Nueva Delhi. Coches americanos, camiones con formas sinuosas en lugar de latas gigantes pintadas de mil colores, pocos baches, adelantamientos silenciosos… en ese momento empecé a echar de menos India, me di cuenta de que mis fuentes no habían sido muy fiables y de que definitivamente aquello no era Asía.

Mi tercera fuente sobre México es la más cercana, Gabi. Pero uno siempre sabe que cuando alguien habla de los suyo, la subjetividad lo empuja a valorar basándose en los mejores recuerdos de la vida. El sabor único de la comida, la belleza del paisaje, la simpatía de la gente, etc… A todos nos gusta nuestro país, especialmente cuando estamos en el extranjero. Decidí ser prudente y otra vez me equivoqué. Solo hizo falta una visita al mercado donde la fruta y la verdura son gigantes y apetecibles, donde había ternera en todos lados, donde comimos huaraches y bebimos horchata de arroz y agua de Jamaica, quedé convencido de que Gabi no se equivocaba. La noche anterior, debido a ese fenómeno conocido como jetlag y que en mi opinión no es otra cosa que el proceso de adaptación después de un viaje en el tiempo, Gabi y yo nos despertamos a las dos de la madrugada. Después de desayunar unas quesadillas, siguiendo el horario indio, pusimos la tele y para nuestra sorpresa ponían “Bollywood Hero” una serie cómica en la que Chris Kattan se interpreta a sí mismo intentado convertirse en una estrella de Bollywood. La serie era tan buena, tan divertida que casi me echo a llorar de pena.

Por eso soy un viajero del tiempo, porque durante una semana mi cuerpo estaba todavía en Nueva Delhi y mi cabeza me torturaba haciéndome pensar en lo mucho que me iba a costar volver. Y lo que más jode es que, a pesar de viajar en el tiempo, de venir del futuro, no he acertado prácticamente nada en la quiniela del mundial.

Así es como empieza mi épica aventura mexicana.

miércoles, 16 de junio de 2010

Ajustando el marcador.

Como casi todos saben, hay pocas cosas que me gusten mas en este mundo que una buena pachanga de baloncesto, ya fuera en su momento en las pistas del polideportivo de Tomares, en la de mi colegio mayor, el Pio XII, en las de la calle Embajadores de Lavapies (de las que me considero hijo adoptivo) o de las de Siri Fort en Delhi. Uno de los problemas más habituales de estas pachangas es que, sobre todo en los partidos muy igualados, aparecen tensiones entre los jugadores, que comúnmente conocemos como piques. Llega un momento en el que alguien pregunta “¿Cómo vamos?” y otro contesta “15 -16”, a lo que uno de equipo rival saltará diciendo “¿Cómo? 17 – 16 para nosotros” “¿Pero qué dices? Si el último triple no valía y además estabas pisando la línea” (hay que aclarar que, normalmente, en las pachangas los triples valen dos puntos y las canastas normales uno). La dinámica de la conversación nos llevará a que finalmente, tras la intervención de algún jugador que lo único que quiere es seguir jugando, el marcador quede en 16 – 16, pero que la tensión en la pachanga se duplique.

Creo que la forma más honesta de acabar esta primera etapa de My Daily Delhi Belly es ajustando el marcador del que siempre estoy hablando. Vamos a ver quién ha ganado la partida, quien ha podido más…

Antes de empezar, debería de explicaros que la puntuación se hará basándome en toda la experiencia, no solo en las entradas que habéis leído, que como sé que sois un poco sádico y que solo os gusta verme pasarlo mal, no he querido aburriros con mis grandes triunfos en tierras asiáticas, bueno, vale, también es porque soy una persona muy de humilde.

Muchos os acordareis de la primera entrada “Matrimonio en Panscheel Enclave”, nuestra primera aventura, en la que un autodenominado gurú sexual, dudando de mi virilidad, nos intentó convencer de que no solo le enseñásemos nuestras intimidades, sino también de efectuar esas prácticas maritales que no tienen nada que ver con pelearse. Esta experiencia quedó compensada cuando conocimos a Rahul, mi autentico gurú, que me enseño mucho de la realidad social y religiosa de la India. También con Mr. Chaney, un sij, masón y por supuesto barbudo con el que entendí la perspectiva espiritual, que normalmente se nos escapa a los occidentales, de asuntos que nos parecen más que peliagudos. Empezamos dos a uno, y podríamos puntuar también el hecho de que a partir del primer gurú, Gabi y yo nos convertimos en un matrimonio con casi todas las de la ley en Panscheel Enclave… aunque no sé si sumarme un punto por esto se podría considerar uno de esos asuntos peliagudos.

En cuanto al acalorado debate que suscitó mi costumbre de usar mallas para hacer deporte y que se extendió a lo largo de varias entradas, tengo que decir que o ellos se acostumbraron a verme correr con esta prenda asomándose por debajo de mis calzonas o yo desarrolle un mecanismo de defensa freudiano para ignorar tan ignominiosas miradas. No sabría hacia donde puntuar, aunque sospecho que la India se llevaría la ventaja en esta ocasión.

No más afortunados han sido mis encuentros con animales semisalvajes en Nueva Delhi, y digo semisalvajes y no salvajes porque por vivir en la ciudad casi merecen el título de urbanos y en ocasiones hasta urbanitas. El primer encuentro que se puede considerar desencuentro, seguramente fue aquel de mono anciano con gigantescas partes nobles, que después de amenazarme, intentó atacarme con la intención de pegarme alguna enfermedad incurable, unos reflejos producto de mi no siempre latente instinto de supervivencia y de mis años de entrenamiento baloncestístico evitaron males mayores. La otra experiencia, que he compartido con vosotros ha sido el episodio de la paloma, en el que pude medir mis habilidades intelectuales con esta ave tan astuta. Los enfrentamientos se prolongaron durante más de un mes hasta que finalmente conseguí echarlas de mi balcón. Para compensar puedo decir que me subí en un elefante que no me hizo nada y que conocí a un perro que me cogió mucho cariño ¿Se compensan? Yo diría que sí ¿Y sabéis porque? Porque el juego es mío y no he cogido la rabia, creo que me lo merezco.

Otra cosa han sido mis visitas al Max Center, vamos, al hospital. Todo empezó con una muela y cinco dolorosas visitas al dentista. Lo bueno es que fue barato, lo malo es que fue doloroso, lo mejor es que después de un año tengo la dentadura sigue en perfectas condiciones. Este para mí. La siguiente visita estuvo relacionada con un accidente propio de la tercera edad, en el que me caí encima del lavabo de porcelana, después de que este se rompiera en mil pedazos contra el suelo. De esta experiencia he sacado unas cuantas cicatrices y la certeza de mi intolerancia al tequila. Creo que este punto se lo llevaría por acumulación el gremio de fabricantes de porcelana en la India, ya que hace unas semanas rompí el tanque de agua del templo, perdón, quería decir del retrete, en un accidente que nada tuvo que ver con una intoxicación etílica. Otra de las experiencias de las que también os hice participes, por muy desagradable que parezca, fue de mi primer “Delhi Belly”. Por prudencia no os he hablado de las otra cuatro en un margen de seis meses, por lo que he llegado a la conclusión de que he desarrollado intolerancia a algo a lo que no estoy dispuesto a renunciar. Está claro que en este apartado he salido perdiendo, aunque creo que se me debe de reconocer el merito de seguir vivo.

Pero bueno, después de miles de rupias perdidas en precios inflados por mi condición de extranjero, incontables pachangas de basket a mas de 40° y a menos de las ocho de la mañana, dos visitas al peluquero con balance positivo, primera visita al barbero, dos piezas de baño rotas, dos pisos con un casero malo que se metía en la cama con su director de banco y una casera tonta, miles de rickshaws y cientos de pensamientos de asesinato. Una reputación ganada como bailarín punjabi, una gran boda india, muchas visitas de las queridas, las impuestas y las inesperadas, además de algunos mentirosos compulsivos. Un piloto, varios guiones, un nuevo compañero de escritura. Y ahora que la experiencia se ha acabado, solo puedo acordarme de todos los buenos amigos que he hecho, un arquitecto con talento de escritor y apariencia de personaje de Stars Wars, un brillante jugador de baloncesto y respetable diseñador grafico, un chef mexicano al que quiero como a un hermano, un holandés errante, lo juro, errante de verdad y holandés casi de mentira, un montón de arquitectas encantadoras, mi gurú, mi sij masón, la reencontrada Clara, Anita y su encantadora familia y muchos, muchos más que me van a hacer querer volver el resto de mi vida. Creo que al final he acabado ganando.

Esta entrada se la dedico a Gabi, que ha hecho de este uno de los mejores años de mi vida y que ha sufrido en primera persona de todos mis despistes, dolencias y confusiones.

A partir de ahora una nueva etapa se abre ante mí y para inaugurarla, una nueva cabecera para el blog, “My Daily Delhi Belly o Mi Diaria Venganza de Moctezuma”. Hasta pronto amigos.