miércoles, 4 de febrero de 2009

“¿Será contaminante la tele-transportación? 2. La vuelta a casa (Delhi)”.

Después de barajar las distintas opciones que teníamos para volver a Nueva Delhi el día de la República, decidimos que lo más cómodo para llegar más o menos temprano era coger un autobús a la una y media de la tarde. El billete nos costó unas 800 rupias a los dos en lo que ellos llaman un Volvo Super Deluxe. Llegamos a la estación temprano, como a las doce de la mañana. Habíamos intentado llegar al templo de los monos, pero el conductor del rickshaw se equivoco o quiso oír lo que le dio la gana y nos dejó en el templo de los espejos (¿monkey temple, mirror temple?) en mitad de la hermosa y bestialmente concurrida ciudad rosa, el casco antiguo de Jaipur. Después de dar un par de vueltas y de que un par de vendedores de plata y joyas intentaran charlar con nosotros en español, decidimos irnos a la estación de autobuses.

Como ya he dicho antes, llegamos temprano, así que entramos en el bar de la estación. Elegimos el sitio más agradable junto a la ventana, descubrimos que no estaba ocupado porque también era el sitio preferido de las moscas del bar. Pedimos un par de refrescos para ir haciendo el tiempo, cada cinco minutos venía el camarero a preguntarnos si queríamos algo mas, a la tercera le pedí otro refresco y la siguiente visita vino acompañada de la cuenta, entendimos que era una invitación a que dejáramos la mesa vacía. Miré el bar, estaba vacío, solo había una mesa mas ocupada, “Menuda estrategia comercial mas mal enfocada” pensé “somos los únicos clientes que le damos algo de colorido a este antro (en mi caso descolorido)” y nos fuimos a la sala de espera del Volvo Super Deluxe. Se suponía que era el sitio más lujoso de la estación, y debía serlo por que tenía un par de ventiladores gigantes. Todas las sillas de la sala estaban orientadas hacia la puerta de entrada. Me sentía como si fuéramos un jurado o un grupo de examinadores que fueran a calificar a un bailarín, opositor o concursante de cualquiera de esos programas tan buenos de la tele. Abrimos nuestros libros y empezamos a leer. Cuando quedaban unos 20 minutos para que saliera el autobús, pensamos que no sería mala idea pedir unos sándwiches en el bar de la estación, ya que no nos sentíamos nada resentidos por el agradable trato recibido. Entramos de nuevo en el bar y el camarero parecía contento de vernos, le pedimos un par de sándwiches para el viaje y nos sentamos a esperar. Empezó a entrar más gente en el establecimiento y a pedir comida. Gabi hizo de tripas corazón y emprendió la siempre arriesgada hazaña de asaltar un servicio público en cualquier parte del mundo. Mientras veía como pasaba el tiempo, ni Gabi ni el sándwich aparecían. El resto de los clientes recibían alegremente sus platos, pero yo no veía nuestra comida por ninguna parte. Cuando llegó Gabi quedaban cinco minutos para subir al autobús. Le preguntamos al camarero. “Ya salen” dijo él. Cuando solo quedaba un minuto, nos acercamos a la barra y volvimos a preguntar, nos contesto lo mismo. En ese momento pudimos ver como el mismo camarero entraba en una cocina llena de gente sin hacer nada, y cogía una bolsa de pan de molde. Miramos el reloj y le gritamos que ya no queríamos los sándwiches, tampoco les importo mucho.

Llegamos a nuestro autobús, la gente estaba cargando sus maletas. Cuando el conductor me vio aparecer me pidió 2 rupias por meter mi equipaje en el maletero, sospeche que no era el sistema habitual por las risitas del tipo que supuestamente le ayudaba y que estaba apoyado en un carrito. Luego escribió algo en mi maleta que no pude leer y me dijo algo que no pude entender. Me subí al autobús pensando en que podía haber escrito: “occidental”, “pringao”, “robadle”… luego me di cuenta de que eran prejuicios injustificados. En el tiempo que llevo en la India, la gente ha sido relativamente honrada conmigo. Pocos han obviado que soy blanco y todos han supuesto que soy rico, así que han intentado cobrarme en relación a eso parámetros. Pero gracias a la experiencia de Gabi he conseguido aprender a lo que se parece un precio justo, aunque tengo la sensación de que sigo pagando más de la cuenta.

Resumiendo el Volvo Super Deluxe arranca, después de 30 minutos de esquivar el caótico trafico de Jaipur salimos a la carretera y el autobús se para. Cuatro de los pasajeros se bajan apurados y se van detrás de unos arbustos, vuelven relajados y sonrientes. Cuando el conductor intenta arrancar, el bus no se mueve, de hay la palabra “intenta”. Después de una hora de espera aparece otro Volvo Super Deluxe y cambiamos de vehículo mientras me pregunto “¿en esto consistirá el servicio Deluxe?”. Después de volver a la carretera no hay mucho más que contar. Primero descubrimos que en India, igual que en España y en México, el último día de un puente festivo se forman atascos, así de simple. Las diez horas de viaje hicieron que la adolescente que se sentaba dos sitios por delante, nos pudiera vigilar durante más tiempo. Que nuestros compañeros de viaje pudieran desaguar un par de veces más. Nos permitió comprobar que las estaciones de servicio están tan abarrotadas como se esperaba. Y me llevaron a preguntarme si, teniendo en cuenta que cuando te tele-transportas copian tus moléculas de un sitio en otro ¿Qué pasa con la calidad de las moléculas? Obviamente no es el mismo en Madrid, Paris o Delhi que en el Amazonas ¿Cómo de contaminante es el proceso? Y sobre todo ¿Cuánto sale el equipaje extra?...

1 comentario:

  1. ¡Ei! Me uno a los lectores habituales de tu blog. Hasta ahora no he podido y la verdad es que me he dado prisa porque me lo han recomendado (qué vergüenza, ¡a tu propia hermana!). Es genial, ¡sigue así! Ya sabes que soy tu fan no. 1. ¡Te quieroooooo!
    pd: me ofrezco como correctora voluntaria de tu blog (ya sabes, por las faltas de ortografía) ;D

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