jueves, 12 de febrero de 2009

Sí, yo soy ese de las mallas (o porque los niños se ríen de mí).

Planeaba que mi próxima entrada en el blog fuera “El pito de los indios”, un fascinante estudio que estoy haciendo sobre las aficiones de nuestros gentiles anfitriones. Pero después del interés suscitado por la última publicación de Gabi, a raíz de mi costumbre de usar mallas para hacer deporte, y de que tengo la sensación de que mi imagen se está viniendo abajo en mi propio hogar, creo que tengo que aclarar un par de puntos importantes.

El primero de todos es que, desde hace años, los hombres y las mujeres modernos han estado luchando por muchas causas basándose en el principio de que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. Esta noble lucha ha abierto las puertas de la democracia a las mujeres y a las minorías raciales, ha dado voz a los pobres y ha ayudado a los enfermos. También provocó la revolución sexual, gracias. Esta es una batalla que continúa y continuará siempre. Pero hay un sector que suele quedar fuera de los discursos y que a veces siente que la sociedad les juzga a cada vistazo. Todos sabéis quiénes son, el hombre adulto de clase media, yo alzo la voz por ellos y sé que muchos me lo agradeceréis, tenemos que liberarnos de nuestros complejos.

En los setenta, algunos valientes decidieron que ya era hora de que todos pudieran ver la forma de sus masculinas piernas. Así que empezaron a usar pantalones ajustados, aunque por alguna extraña razón decidieron acampanarlos. El experimento no fue muy agraciado, pero fue un gran paso para el hombre. En los ochenta, los herederos de aquellos héroes cogieron el testigo de la trasgresión y se tiñeron el pelo, se pusieron gomina, hombreras y zapatos de distinto color. Se subieron a los escenarios de todo el mundo para mostrarse al mundo tal como eran, hombres adultos y relativamente normales que podían ir a trabajar con una americana remangada, una mini coleta y un pendiente en la oreja. Aunque la tentativa tampoco fue muy afortunada, sobran los documentos gráficos que lo demuestran (algunos en vuestras propias casas), esos hombres siempre serán un ejemplo. En los últimos veinte años nos hemos vuelto conservadores, todavía podemos ver a algún hombre valiente al que llamaríamos “pintas” u “hortera” sin importarnos sus sentimientos. Ya solo quedan notables excepciones que confirman la regla.

Pero la India me ha abierto los ojos. Sí, lo ha hecho. Muchos vaticinasteis un profundo cambio en mi forma de ver las cosas. Yo, que era un hombre orgulloso, me negué a creeros, pero ahora os entiendo. Entiendo ese cambio del que me hablabais. He vuelto a ver a esos hombres con pantalones de campana ajustados, con americanas remangadas, con anillos en los dedos y grandes pulseras y collares de oro. Y son hombres respetados. Son hombres orgullosos. Aunque yo no podía verlo porque miraba con ojos de occidental implacable, juzgándoles sin compasión, pero algo pasó que me hizo entender.

Hace unas semanas nos invitaron a la fiesta de cumpleaños de uno de los compañeros de Gabi. Como había visto en muchas otras ocasiones en mi vida, aquella fiesta era un campo de nabos. Seis chicas y veinte chicos. Teniendo en cuenta que tres de ellas estaban casadas y Gabi estaba conmigo, no se podía decir que aquellos tipos tuvieran muchas posibilidades de “intimar” esa noche. Algo pasaba que me llamó la atención, ellos no estaban preocupados por eso, todo lo contrario, estaban contentos y animados. Los indios son un pueblo alegre y divertido, que sabe divertirse en las fiestas aunque no tengan expectativa de comerse un rosco, todo un ejemplo. Poco a poco veía como más hombres se unían al baile. Felices, se contoneaban con estilo al ritmo de música electrónica, se abrazaban y animaban, se podía respirar compañerismos y hermandad en aquella casa. Los únicos hombres occidentales en la fiesta éramos Balti (holandés, compañero de trabajo de Gabi y mío en la cancha de baloncesto) y yo. Ambos fuimos invitados a participar del folklórico, y extasiantemente libre de drogas, baile Punjabi. Nuestra versión para principiantes consistía en que los dos bailarines nos cogiéramos tobillo con tobillo y nos dedicásemos a dar vueltas mientras todos los demás nos jaleaban. ¿Qué hacían las mujeres? Mirarnos y, seguramente, pensar “¡Como me gustaría hacer eso!” o “¡Que sexy se ve Antón cuando hace el punjabi!” u “¡Hombres! Como les gusta hacer el gilipollas”.

Todo esto me lleva a las mallas. Los que ni siquiera hacéis deporte nunca lo entenderéis. A los que si lo hacéis, solo os diré una cosa, han cambiado mi vida, y ahora me siento libre para decirlo, ¡¡¡Gracias, India!!! Ahora bien, creo que el artículo de Gabi os ha llevado a un error que merece la pena aclarar. Yo no voy a correr con las mallas por fuera, llevo unas calzonas encima, como podréis ver en las fotos explicativas de abajo. Según mi teoría, los niños se ríen de mí porque se sienten intimidados por mis piernas peludas, o porque les deslumbra el color extremadamente blanco de mi piel… ni idea. Creo que nunca lo sabré con certeza.



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9 comentarios:

  1. Tus shorts son mas cortos que eso!! no mientas!!! solo por que tio lee el blog y porque seguramente Pepua debe estar imaginando un sin fin de teorias para justificar tu predileccion por la ropa ajustada no es suficiente razon para mentir.

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  2. Oye, chalao, no era necesario que nos contases la batallita de la liberación femenina, la sexual. el derecho al voto, la revolución francesa, etc. para justificar que te gustan las mallas.

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  3. Anton... claro como el agua, la ropa pegada se hizo para las mujeres. Punto final e indiscutible. Saltarse esa frontera te hace culpable de los cargos de violencia mental y quiere decir que probablemente tengas genetica italiana en ti... ellos son los maestros de el estruje testicular auto-infligido. Hazle un favor a los pobres niños hindues, Gaby, los transeuntes de Delhi y al mundo en general y usa shorts o pants combinados con boxers sueltitos... tendras un nuevo significado de la palabra libertad.

    PePe

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  4. Gracias por mencionar la liberacion sexual porque justo hoy pase por varias ferreterias buscando unos ganchos para luego en la oficina estar martillandolos yo sola con todos los chicos como el publico mirandome y lamentamente por estar haciendolo sola me he golpeado mi dedo, pero que no haria por la igualdad de genero.

    QUE VIVAN LAS MALLAS!!!!

    saludos y besos a los dos:)

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  5. jajajaj! ¡Qué payaso estás hecho! jajajajaja. La foto le da un toque a la entrada muy importante, ¿eh?

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  6. Y eso que no argumentaste los beneficios terapéuticos del masaje continuo que las mallas aplican sobre el tercio proximal del muslo, realmente estimulante...

    FDO: Javi médico

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  7. A mi se me hace que los niños se rien porque saben que por mas que uses malla y corras por el paruqe sigues siendo un gordito borracho de alma

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  8. Las mallas evitan que los muslos rocen uno con el otro y no causen escoriaciones, es sólo algo ortopédico. Por otro lado si te gustan las mallas, no dudes en usarlas aunque sean de ballet y no hagas caso de los niños ni de nadie que se ría o llore. Adelante mi valiente

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