jueves, 20 de mayo de 2010

The Daily Delhi Belly of an Indian Cow

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To my non Spanish speakers friends...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Big trouble in little Tibet

Aunque me gustaría, esta entrada no puede ser un homenaje al enorme genio creativo de John Carpenter y yo no soy Kurt Russell en la piel de Jack Burton. Esta es una historia de supervivencia, de esperanza, de ilusión y de lucha contra la adversidad encarnada por la ineptitud de un guía (interpretado por mí) haciendo creer a unos pobre visitantes que las distancias en el norte de la India eran salvables en unas pocas horas. Aunque se podría pensar que soy el malo de la película, la verdad es que no es así, por que más que a una película la historia acabó pareciéndose más a un videojuego con un enemigo en cada fase:

Fase 1. Nueva Delhi.
Como ya sabéis es mi ciudad y por tanto estoy dispuesto a pelearme con cualquiera que sea más pequeño que yo y que se le ocurra meterse con ella. De todas formas tengo que reconocer que puede llegar a ser un sitio un poco intimidante. Es grande, muy grande. Hay mucha gente, mucha, mucha gente… seguramente más de la que os imagináis. Antes de venir, si has consultado con algún médico, te habrá dicho que vas a coger alguna enfermedad mortal a corto o medio plazo. Y si tienes mala suerte, puedes pasar mucho calor. Pues bien, mi estimado amigo Pablo y su encantadora novia, María, los auténticos protagonistas de esta historia, sufrieron de la combinación de todos los factores anteriores.

El primer día hicieron uso del formato de visita habitual, alquilaron un taxi que les llevo a los monumentos más interesantes de la ciudad, la tumba de Humayun, Red Fort, Qutb Minar, etc… mucho calor, de hecho se supone que la semana de abril más calurosa de los últimos 30 años, pero lo pasaron bien, creo. Al día siguiente, recién llegado yo desde España, los saqué a uno de mis intensivos paseos por Old Delhi. Algunos ya han sufrido la experiencia en la que además de negarles el transporte sobre ruedas, les mareo con miles de millones de explicaciones indigeribles, todo a más de cuarenta grados. Así de calentitos me los llevé a mi restaurante favorito, Karim´s, en el que probaron un ligero cordero con no menos de 20 especias y seguidamente al mercado de las especias, donde no se llora ni por pena ni por alegría, sino por el chile que flota en el aire y que hace toser hasta a aquellos que llevan trabajando allí toda la vida. A mí me convierte en una criatura patética que continuamente se tiene que sorber los mocos y secar las lagrimas en una estrategia torpe, ya que me restriego todo el chile haciendo que termine de asentarse en casi el último resquicio de mi cuerpo alargando la agonía durante horas, una experiencia que no te puedes perder. Al día siguiente tuvieron la oportunidad visitar Raj Path, y cocerse lentamente al sol de Delhi. Inmediatamente después los metí en un restaurante en Khan Market a que disfrutaran del aire acondicionado. Gran acierto por mi parte, ya que conseguí que la predicción del doctor se cumpliera ese mismo día y el bueno de Pablo se acostó y despertó con fiebre.

Fase 2. El Punjab. Al día siguiente, y por recomendación del guía, se fueron a Amritsar en segunda clase de tren, experiencia que cuando me fue descrita visualicé como compartir un asiento con más cien personas a la vez. Gabi y yo son unimos a ellos en Chandigar, desde donde puedo dar testimonio presencial de los acontecimientos. Allí fuimos torturados durante todo el día por el difunto arquitecto Le Corbusier y su infructuoso intento de poner orden en una ciudad india. Este señor tan ególatra parecía haber hecho la distribución de los barrios con interés particular, maltratarnos a nosotros, específicamente a ese inocente grupo que contaba con dos arquitectos en sus filas. Por alguna razón, parecía que se había ido a la tumba clamando venganza contra sus colegas, ya que iban a ser los únicos realmente interesados en visitar la obra de un suizo que con un juego de palabra daba a entender que se apodaba el cuervo, aunque conozco a más de uno que de entender francés, también se interesaría por el personaje. El espíritu urbanista del arquitecto nos hizo ir de la estación de la zona 46 a la de la zona 17, con el objetivo de comprar un billete a Dharamsala, nuestro siguiente destino. Allí nos dijeron que se compraba en la zona 46, el viaje no fue tan infructuoso, ya que aprovechamos y nos comimos un thali (versión india de nuestro menú del día). Después volvimos a la zona 46, pero nos dijeron que hasta las dos de la tarde no había forma de comprar los billetes, así que decidimos empezar la jornada turística por el principio, la zona 1, donde nos esperaba el parlamento punjabi diseñado por este mismo señor. “Admiramos” su mal conservada obra durante algo más de una hora y nos fuimos otra vez a la zona 46, que está tan alejada de donde estábamos como su propia diferencia numérica indica, con la esperanza de dejar arreglado nuestro transporte. Allí nos dijeron que mejor nos pasáramos a la ocho de la tarde porque no estaba el encargado, seguramente estaría en la hora del thali. Pues a la zona 1 otra vez, a ver el Rock Garden, impresionante.

A las ocho de la tarde, en la Zona 46, nadie nos garantiza que tuviéramos plaza para llegar a Dharamsala en un autobús Deluxe. “¡¡¡NOOOOOOOO!!!”, pude oír en mi interior. Porque a veces pasan esas cosas, la gente te dice cosas que no sabe, porque todo el mundo quiere tener algo que decir. Nos ofrecen la posibilidad de viajar en una lata de sardinas. Miré a los visitantes, lo plantee y concluimos que lo mejor iba a ser irnos en taxi ¿Os acordáis James Bond conduciendo por los Alpes? Pues conducía como una abuelita comparado con nuestro conductor. Creo que pase más tiempo pegado a la ventanilla que al respaldo de mi asiento.

Fase 3. Big trouble in little Tibet. Llegamos a la zona de Dharamsala conocida como Little Tibet, Mcleodganj. Si me pongo en el lugar de nuestro conductor podría imaginarme justificando la inauguración de un nuevo circuito en los Himalaya ante de la federación internacional de fórmula uno. Con una parada en bóxers para cambiar una rueda, solo tardó seis horas en lo que Fernando Alonso hubiera tardado ocho. Por primera vez en la India, la eficiencia nos jugó una mala pasada y es que, como ya se me habrá oído decir, no se puede luchar contra los principios que rigen el cosmos. Llegamos a Mcleodganj a las dos de la madrugada de un viernes, sin reserva de hotel y con la idea de que llamando a la puerta de una recepción encontraríamos un sitio en el que dormir… creo que no hace falta que os diga lo equivocados que estábamos. En las dos calles de la aldea deben de haber unos veinticinco hoteles, hostales y guest houses, a mi me parecieron doscientos. Llamamos a todas las puertas, tocamos todos los timbres y hasta llegamos a tirar alguna que otra piedrecita a alguna ventana. De hecho, en una de las ocasiones metí la mano por una rendija de la que salía una luz y desperté a una inglesa de unos cincuenta años que dormía desnuda y que a esa hora me pareció que podía ser un recepcionista local... pocas veces me he alejado tan rápido de un sitio. Llegado el momento, Pablo y Gabi se rindieron y se echaron a dormir en un banco a la intemperie, el uno por enfermedad y la otra por agotamiento después de una semana de intenso trabajo en el despacho… arquitectos. Así que María, intrépida periodista, y yo, al que el lector no requerirá curriculum, seguimos buscando, ya que no podíamos soportar la triste visión de nuestras parejas en la calle. Bajo la consigna no verbalizada de “cartones o camas” revisamos hasta la última esquina con final feliz. A las cinco de la mañana encontramos una habitación.

Después, coser y cantar. Paseos por las montañas, socializar con los tibetanos budistas que allí se refugian, comer en restaurantes, beber en cascadas, ya se sabe, un par de días en los Himalaya.

Fase 4. Shimla o el peor hotel en el que estado en la India… ya que el peor en el que he estado en mi vida quedaba a una manzana del Ponpidou en Paris, mi hermana puede dar fe. Esta vez usamos el transporte público y deluxe para llegar a Shimla, capital de Himachal Pradesh. Ocho horas en hacer la mitad del camino que había nuestro Fitipaldi punjabi había completado en seis. En esta ocasión, habíamos tenido la precaución de reservar unas habitaciones en un hostal para poder descansar un poco antes de dar una vuelta y ponernos en camino de vuelta hacia Delhi. Primero nos regañaron por llegar dos horas tarde, seguro que a las seis de la mañana se les llenaba el hotel, y como castigo nos metieron en el zulo. Aquella estancia, más que una habitación parecía una agujero escavado en la pared. Afortunadamente para la integridad física del recepcionista, los cuatro estábamos demasiado cansados para quejarnos, luchar y/o desmembrar nadie.

Después de unas horas de sueño tocaba una refrescante ducha, cual sería nuestra sorpresa cuando descubrimos que nuestro baño no disponía de tan extravagante servicio, en su lugar, la recepción del hostal se vanagloriaba de ofrecer agua caliente y palanganas a sus clientes. Mi gozo en un pozo, bueno, en un cubo, que fue lo que tuvimos que usar para ducharnos ¿Puedo usar ese verbo para referirme a esa acción?

La ciudad es una suerte de Oxford montañoso en la India, no se me ocurre una forma mejor de definirla. Durante la ocupación británica servía de residencia de verano para los gobernadores ingleses, ahora está llena de colegios y universidades para las elites del país. Pero si algo destaca en esta ciudad es que alberga el restaurante en el que sirven la peor pasta del mundo, ni siquiera las impresionantes vistas del valle compensan tan exclusiva experiencia.

Finalmente, decidimos volver a Delhi en taxi. A veces hay que darse un gusto al cuerpo. Pablo y María siguieron su viaje al día siguiente y yo puedo dar fe de que sobrevivieron. Dice la leyenda que todavía se les puede ver por las calles de Ponferrada…

Por cierto, aquí os dejo la versión de Pablo de la misma historia y si queréis ver versiones suyas de otras historias, os recomiendo que le echéis un vistazo a su enmisitio.

domingo, 2 de mayo de 2010

Los visitantes.

Después de un año y medio en la India me he dado cuenta de que he perdido algo de perspectiva sobre lo que pasa a mi alrededor, las cosas no me impresionan lo más mínimo porque ya no solo son verosímiles, sino que son parte de mi cotidianidad. Ni siquiera percibo que la gente me mira fijamente por la calle, porque por alguna razón pienso que me he fundido con el paisaje. Creo que por chapurrear cuatro frases en hindi el conductor de rickshaw o el tendero no van a pensar que soy un guiri con una guía de “Frases para no parecer tan guiri” de Lonely Planet. Y me ofende, me duele, cuando me tratan como a un turista y les digo “Hey!!! I´m living here!!!” y ellos piensan “Y yo tengo un apartamento en Picadilly Circus, pero como soy adicto al peligro me dedico a llevar a gente de un lado a otro de Delhi por dos duros”. Los únicos momentos en que me doy cuenta de que estoy viviendo una experiencia que antes me hubiera parecido increíble es cuando llegan la visitas. Con ellas me permito el lujo de volver a visitar esos lugares que quedan lejos de mi itinerario habitual e incluso de ver esos monumentos que no he visitado todavía porque tenía todo el tiempo del mundo y que nunca visite porque ya se había apagado la llama del fervor turístico en mi interior.
Recapacitando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que hay tres tipos de visitas, las queridas, las impuestas y las inesperadas. Las primeras, salgan bien o mal te las tienes que tragar porque tú has sido el que ha insistido en invitarlas. Justo antes de irte les dijiste “Pero vas a venir a verme, ¿no?” “Claro, eres la primera persona que voy a ir a visitar. Dame un par de meses y me tienes allí” Por supuesto que, en la mayoría de los casos, no va a pasar. No te estás yendo a vivir a Burgos, te vas a la otra punta del planeta, a otro continente y a veces hasta te da la impresión de que a otro planeta. Esa gente, por mucho que te quiera, tiene una vida, trabajos, hobbies, familias, novias/os, algunos hasta mujeres/maridos y por lo general lo único que no tienen es mucho dinero. Pero se da el caso de que alguno piensa “¿Y cuándo voy a tener una oportunidad mejor de conocer un sitio que de antemano me imagino hostil que ahora que tengo un sitio en el que quedarme?”Pensamiento muy legitimo. Esta es la que conocemos como visita deseada.
Las visitas impuestas, por otra parte, se basan en la supuesta solidaridad que debes tener con alguien que viene a las India por la simple razón de ser extranjero y, en nuestro caso concreto, occidental. Es cierto que de alguna forma sientes el deber de servir como improvisado filtro entre las dos realidades, la de la calle y la del guiri en cuestión. Yo tuve la suerte de que Gabi llevaba más de dos meses en Delhi cuando llegué… ella no la tuvo y se acabo chocando con Mr. Purri y con una vaca mientras intentaba cruzar la ciudad en bicicleta. Por lo general estás visitas no tienen nada que ver contigo, vienen de rebote, de parte de uno de esos amigos que no van a ir a verte o, en ocasiones, de un conocido al que casi no conoces y te encaja a uno de esos amigos terceros… gente que hace suya tu hospitalidad e invitan a gente a tu casa, me imagino que esperando que al final alguien les dé las gracias. Y el tercer tipo de visita, es gente que aparece en tu casa asumiendo que tienes comida y alojamiento para ellos por la misma razón antes descrita, solidaridad. Se parecen mucho a la segunda pero se diferencia en que nunca tienes muy claro como han llegado.
Desde que estamos aquí hemos tenido todo este tipo de visitas. Haciendo balance se puede decir que todas han tenido un final feliz: la visita ha seguido su camino, cada una con destinos distintos pero siempre lejos de nuestro hogar. También se puede decir que el 90% de estas visitas han quedado horrorizadas por la intensidad, tráfico y polución de Nueva Delhi, cosa que al principio me ofendía un poco. Esto es por culpa del ridículo sentido de pertenencia que desarrollo en el momento en que me instalo en una ciudad, Gabi diría que es porque me gusta todo… a mi me gustaría matizar diciendo que casi todo. Pero al final he sabido verle el lado más práctico, ya que a la visita en cuestión le entra una irremediable prisa por largarse a conocer cualquier parte de la India que no tenga nada que ver con esta ciudad. Esto no nos pasaría si viviéramos en Londres, Paris o Nueva York, allí la visita estaría durmiendo en nuestro minúsculo estudio durante días e incluso semanas, lo sé porque yo mismo he sido una de esas visitas.
Tampoco se puede ser tan injusto con el visitante, que también hace un sacrificio bastante grande… titánico dirían muchos, aguantándome a mí y tragándose por educación o inexperiencia todo lo que tengo que decir sobre este país. En mi argumentación me oyen hablar de política, sociología, historia, ética, arquitectura, urbanismo, lingüística, economía, filosofía, cine, literatura, música, arte, etc… sin que justifique casi nunca mis fuentes. Nunca sabré si realmente se fían de mi experiencia, mi cultura y de mis informadores o si se pasan todo el discurso pensando “El dinero no compra la felicidad, pero si la mano de obra de un sicario. Debería de haberme ido a un hotel.”
Esta entrada ha ido sido supervisada y aprobada por una visita que seguramente se haya sentido coaccionada a autorizar su publicación. Eso me da el mismo tipo de autoridad moral que cree que tiene la gente cuando dice “tengo un amigo…… (sustituir la línea de puntos por gay, negro, gitano, etc...)” antes de poner verde al colectivo en cuestión.
A veces puede ser difícil intentar ser gracioso y no herir sensibilidades ajenas, espero que nadie se sienta ofendido por esta entrada que, por supuesto, dedico a todas y cada una de las visitas que han pasado por Delhi, incluso a las que mean en botellas y luego las dejan en la cocina, porque gracias a ellas he tenido la oportunidad de conocer un poco mejor esta ciudad.

PD: Cualquier parecido entre esta entrada y la ley de inmigración de Arizona, será producto de la retorcida imaginación del lector (ya que la del autor ha caído a posteriori).