lunes, 17 de diciembre de 2012

Los grandes directores también se hacen viejos.



Hay algo que me sucede últimamente y que me preocupa sobremanera, y es que cada vez que salgo del cine de ver una de esas películas que espero durante meses, me siento profundamente decepcionado. Sobre todo en lo que se refiere a sus ilustres directores (Ridley Scott, Woody Allen, Oliver Stone,…) los únicos que se han salvado con nota alta son Cronenberg con A Dangerous Method y algo mas raspado Christopher Nolan, con la última parte de su trilogía de Batman. Lo que más me preocupa en este asunto no es que las últimas películas de estos realizadores tengan mejor o peor factura, sino que yo estoy desarrollando unas tendencias críticas tan estrictas que me incapacitan de disfrutar la película una vez me he sentido decepcionado durante la exhibición. Esto implica la pérdida de la que para mí era la esencia de mi gran virtud como cinéfilo, la capacidad de disfrutar con casi cualquier cosa independientemente de ser consciente de su calidad. Poder poner las cosas en su sitio para así disfrutar de casi cualquier tipo de obra a audiovisual y encontrar las virtudes de la misma.

Todo empezó cuando fui a ver Prometheus de Ridley Scott, desde entonces todo ha ido cuesta abajo. Y es que una de las reglas más importantes  tanto para ir al cine, como para no pegármela sistemáticamente en la vida, es no dejarme superar por la expectativas, cosa que en esta ocasión y debido a la excelente campaña promocional de la película no fui capaz de cumplir, por lo que me senté en la sala absolutamente cegado de optimismo. Finalmente no puedo decir que la película me decepcionara del todo, aunque la sensación de que se banalizaba la ciencia ficción de Kubrick, Tarkovsky, Sagan y Asimov, intentando encajar un discurso existencialista en el marco de las reglas del juego comercial me hizo sentir algo incomodo. Además, según va avanzando la película parece que al director le empieza a faltar tiempo para contar su historia y eso es algo que me hace sentir profundamente triste, ya que se echan en falta episodios que parecen cercenados en pos de poder encajar mas funciones en las salas de cine en una misma tarde. Así que con mal sabor de boca y concediéndole el beneficio de la duda, ya que en Kingdom of Heaven le pasó precisamente eso, me quedaré esperando a la versión en DVD o Blu-ray, con la esperanza de que ese sea el caso de las dolencias de la película y no la fundada teoría que mi cuñada y yo estamos desarrollando sobre una criatura obsesionada con hacer dinero que fagocitó al talentoso director de Alien, Blade Runner y Black Hawk Down.

Y no sé si será que la sombra de los treinta se acerca imparable a casi un mes del momento en que escribo este artículo, pero con la vitalidad del que quiere seguir sintiéndose un joven casi adolescente (los poderes de la negación) no consigo entender como un director tan complejo, talentoso y experimentado como Oliver Stone puede hacer una pantomima de actores guapos con una factura menor que la muchos videoclips y sin duda, con un guión mucho menos interesante que la mayoría, aunque sea una adaptación de la novela homónima Savages, de Don Winslow, un best seller del 2010, que según los críticos es una obra excelente. Si me dijeran que era una película de McG o de Michael Bay seguramente sería más indulgente con el resultado final, pero probablemente las expectativas me volvieron a traicionar ¿Pero que me podía esperar del guionista de Scarface haciendo una relectura del narcotráfico en los tiempos modernos? ¿Cómo quieren que entre en una sala de cine a ver lo último del director de Platton, JFK o Natural Born Killers, asumiendo que ya es un señor mayor sin el mismo interés de antes por contar historias? Caso prácticamente idéntico el de Woody Allen, que en su afán de hacer una película al año, acaba de estrenar uno de sus filmes más flojos y menos dirigidos de su carrera, To Rome With Love. Y digo menos y no peor dirigidos porque al ver la película da la sensación de que ni se preocupó por dirigir a los actores, ni por elaborar la puesta en escena, ni por generar encuadres medianamente estéticos. La película no tiene ni una pizca de Roma, ciudad que le da título y en la que se supone que se desarrolla, como lo tenía Nueva York en casi todas sus grandes obras, Londres en Match Point o Barcelona en Vicky, Cristina, Barcelona. Además todos los actores se limitan a hacer su propia versión de Woody Allen durante la película excepto Alec Baldwin y Roberto Benigni, que se les da mejor hacer de ellos mismos. De la película no hay mucho más que decir aparte de que el guión pertenece a los lugares comunes de todo el cine de Allen y que como siempre se encuentra plagado de muy buenas ideas.

Y a todo esto, el bueno de Christopher Nolan, dando respuesta a las críticas sobre The Dark Knight Rises, me recordó la grandísima lección al decir que no es que su película fuera mala, es que las expectativas sobre ella eran demasiado exageradas.  Menos mal que leí aquella entrevista antes de entrar en el cine, ya que disfruté muchísimo de la función.

Afortunadamente este año (como todos) lo va salvando la literatura y he podido disfrutar de libros nuevos como la novela Freedom de Jonathan Franzen y otros más viejos como Los pajaros de Bankog de Manolo Vázquez Montalván, y del acido ensayo A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again (Cosas supuestamente divertidas que nunca volveré a hacer) de David Foster Wallace, bendito Kindle. Y como ya dije antes, no se pierdan la hermosa película de David Cronenberg A Dangerous Method.

Publicado en el número de noviembre de NYLON México.