miércoles, 4 de febrero de 2009

“¿Será contaminante la tele-transportación? 1. Viaje a Jaipur.”

“¿Será contaminante la tele-transportación?”, no es una pregunta habitual… todavía… bueno, quizás nunca lo sea. Pero a mi me vino a la cabeza cuando volvíamos de Jaipur en el autobús. Como el viaje duró diez horas, tuve tiempo de darle un par de vueltas al tema. Ya había sido “responsable” con el medio ambiente por casualidad cuando compré mi billete de Barcelona a Delhi con una compañía ecológica, Finnair. Cuando me enteré de que solo podía traer 20 kilos de equipaje, me cagué en el capitalismo por enésima en mi vida. Fue duro despedirme de todas esas camisetas, zapatos y pantalones que nunca usaba y que me habían hecho tanta compañía en el suelo de mi cuarto. Diría que fue refrescante viajar ligero de equipaje, pero estaría mintiendo. Odié a los finlandeses desde que empecé a hacer y deshacer mi maleta, hasta que vi a la azafata en el avión y pensé “No, no los odio… seguro que tienen una buena razón para querer cobrarme 30 euros por cada kilo extra que meta en el avión”. Con esa actitud hice mi viaje de 16 horas a la India vía Helsinki, positiva. Luego, cuando llegué, Gabi me dijo que mis queridos nórdicos me habían dejado prácticamente en pelotas y sin fondo de armario para salvar el planeta. Pude sentir como si Al Gore me diera una palmadita en la espalda.

Delhi y Jaipur están a 280 kilómetros aproximadamente, unidos por una autopista que parece una avenida comercial gigante. A ambos lados de la carretera se suceden infinidad de tiendas y puestos de comida, revistas y ropa. La ida fue relativamente sencilla. Mientras hacíamos cola para comprar nuestro billete en Bikaner House, una de las estaciones de autobuses de Delhi, se nos acercó un tipo hablando castellano perfecto. Me costó un poco darme cuenta de que no estaba hablando ingles, le entendía demasiado bien y no podía explicarme por que. El hombre nos ofrecía coger un taxi con un par de personas más por 700 rupias cada uno. Nos pareció razonable y cómodo, así que aceptamos la oferta. Después de negociar con unos cuantos taxistas, de dejar a uno de nuestros compañeros en la estacada y de que nos pusieran un par de sillas de plástico en la puerta de la estación a Gabi y a mí (solo me faltaba un traje de lino, un bastón y un sombrero Panama). Encontramos una amplia lata de sardinas con ruedas por 800 rupias cada uno.

El hispano parlante (HP, no por las impresoras) viajaba acompañado de un amigo nepalí. Finalmente conseguimos encajarnos todos en el coche. El HP y el conductor, delante. El nepalí, Gabi y yo, detrás. HP nos contó que había aprendido a hablar español en sus viajes de negocios, que tenía una tienda de joyas en Katmandú y que hacía más de diez años que no iba a la India, “¿Un prófugo de la justicia?” pensé. Luego, cuando le dije que quería hacer un viaje a China (a Gabi no le hace tanta ilusión), nos dijo que a él no le gustaba China por que los chinos eran pobres y maleducados, opinión que extendía a los negros y a los indios. Entendí, entonces, que no era un hombre perseguido, solo un tipo con bastantes prejuicios y una boca muy sucia, en sentido literal.

A esa altura me enfrenté a una de esas pruebas que pueden marcar tu vida en un país como este, comí comida de un puesto callejero… no os asustéis, si os estoy escribiendo estas líneas es porque he sobrevivido. Aunque no estoy muy seguro de las consecuencias. Habíamos hecho una de esas paradas para estirar la piernas, cuando HP me ofreció un poco de pescado de un puesto. Mire a mi alrededor, situé mentalmente la carretera de Delhi a Jaipur en el mapa de la India (está en el centro, bastante lejos del mar), miré el pescado para asegurarme que no era de río (no lo era). Pensé esta vez en los sistemas de refrigeración de alimentos que había visto hasta ese momento, sin comentarios. Y finalmente acepté probar el pescado por que me inspiraba confianza que me lo ofrecieran en español… no estaba malo, un poco gelatinoso, pero sabía a cazón en adobo.

Después de un par de horas de viaje, nuestros compañeros no pudieron resistir el mono y se encendieron un cigarro. Gabi, que acaba de dejar de fumar, se despertó inmediatamente y juntos pudimos ver como HP y su amigo nepalí se pasaban el cigarro entre ellos. Cuando le pregunté por que iban a Jaipur, HP me dijo que iban a la boda de su sobrina. Mi mente de occidental prejuicioso funcionó como lo haría en España, dos hombres que viajan juntos y solos a la boda de la sobrina de uno de ellos, a una ciudad que no visitan desde hace 10 años y que además comparten el mismo cigarro… soy una persona demasiado perversa…

Cuando llegamos a Jaipur, HP y su compañero se bajaron primero y se despidieron. Entonces caí en la cuenta de que prácticamente no había intercambiado una palabra con el nepalí, que parecía un hombre muy agradable. En cuanto supimos que uno de los presentes hablaba español, no volvimos a usar el ingles en el viaje. Es curioso el efecto relajante que tiene tu propio idioma hablado por extraños en un país tan lejano. Después de dejar a nuestros compañeros, nos dirigimos al hotel, el Aria Niwuas (creo). En cuanto el conductor nos dejó en la puerta le dimos las 1600 rupias acordadas. Entonces se dio la vuelta y me dijo “¿Están contentos con mi conducción?” mire a Gabi, ambos sabíamos que venía a continuación. “Si” le conteste. “¿Y no cree que eso se merece unas 200 rupias más?”. Le di 100 mientras pensaba en las 6 horas que había tardado en hacer 280 kilómetros e iniciábamos el fin de semana en Jaipur, en el que lo único que se esperaba de nosotros es que gastásemos mucho dinero y nos dejáramos estafar un poquito, pero esto merece un capitulo aparte.

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