jueves, 5 de julio de 2012

We all love festivals.



Según un par de artículos bastante flojos de Wikipedia, los dos primeros festivales rock de la historia fueron en el norte de California durante dos fines de semana seguidos en junio de 1967. El primero fue el Fantasy Fair and Magic Mountain Music Festival y el siguiente el Monterey International Pop Festival, en los que tocaron Jefferson Airplain, The Who, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Ottis Redding, The Mamas and the Papas, The Doors, Canned Heat y muchos más de los que nunca he oído hablar o me suenan de la pila de discos mi padre. Los festivales que predicaban la libertad, la tolerancia y la paz se pusieron de moda inmediatamente y solo dos años después, en 1969, se celebró uno de los mas importantes de la historia, Woodstock, cuyo cartel anunciaba “An Aquarian Exposition: 3 days of Peace and Music”, una vocación que muy en el fondo no ha cambiado hasta nuestros tiempos, aunque ahora son grandes empresas y corporaciones las que se lucran de tan honorables sentimientos, que sorpresa. De aquel festival se conserva una maravillosa película dirigida por Michael Wadleigh y editada nada mas y nada menos que por Martin Scorsesse y por Thelma Shoonmaker.

Lo que si parece haber cambiado es la percepción que se tiene de ellos. Ahora, el concepto de festival de rock es inherente al de la música moderna, no al de una especie de reunión de barbudos hediondos dedicada al sexo libre y al consumo de drogas… bueno, quizás no haya cambiado tanto, solo que ahora es absolutamente fundamental asistir a estos eventos multitudinarios para saber que se está al día en todo lo que se refiere a estar al día. Y según me cuentan algunos expertos en el tema, en países como España, donde hay prácticamente un festival por cada cien habitantes, el efecto puede ser contraproducente. Asistir a un mínimo de un festival durante el verano es una actividad obligada en mi país, en la mayoría de los festivales tocan las mismas bandas durante toda la temporada y debido a la apretada agenda de estos, solo pueden tocar unos cuarenta minutos cada una ¿Cuál suele ser el objetivo de la banda entonces? Sencillamente captar mas adeptos, hacerse ver como lo mas cool, en el entorno mas cool y así poder llenar los locales en los que tocaran próximamente pudiendo mantenerse de lo que hacen. Pero como en la mente de mis compatriotas es una estupidez volver a ver a la misma banda dos veces en el mismo año, aunque toquen el doble de canciones, mas encore e incluyan la posibilidad de tomarte una cerveza con ellos ¿Y quien sabe? Quizá una noche loca de rock & roll (muy improbable, aunque con muchísimas mas posibilidades que en un festival), resulta que los conciertos en bares y recintos medianos ya no son un negocio. 

El año pasado tuve la posibilidad de trabajar para un medio de comunicación durante el Vive Latino (el festival mas grande de Latinoamérica) y pude ver todo lo que hay detrás de estos mega-eventos, la gigantesca cobertura, lo brutal de la inversión y la enorme implicación e influencia de distintas marcas en la organización. Y a pesar de eso la cantidad de pasiones que levanta y el hecho de que un festival de música pueda movilizar a esa cantidad de gente en la ciudad mas grande del mundo es maravilloso. Recuerdo que, como se acabaron las entradas, la gente se movilizó para dar un portazo (entrar masivamente en un lugar por la fuerza) y todo para ver la vuelta de Los Caifanes, una banda que la mayoría de esos chavitos no habían visto nunca en directo.

En mi opinión un festival de rock es la experiencia más cercana a la adolescencia en la que puede estar involucrado un adulto contemporáneo. Y espero que quede claro que no hay un resquicio de crítica en este planteamiento. Es el ocio por el ocio. Uno, dos o tres días en los que ni siquiera puedes contestar al teléfono porque o no tienes cobertura, o se te acabó la pila, o sencillamente es imposible que lo oigas porque estas rodeado de una inmensa ola de decibelios. En este contexto vives en perfecta conjunción y armonía con tus acompañantes. Compartes todo con ellos, lo bueno y lo malo, la incomodidad de dormir en una tienda de campaña o en su defecto andar muchos kilómetros desde el aparcamiento u hotel en el que te alojas hasta el recinto de conciertos. El estrés que supone planificar tu experiencia ya que siempre vas a tener que elegir entre bandas que te gustan y aquellas que tienes que ver, porque están programadas a la misma hora y desgraciadamente no te puedes separar de tus compañeros sin correr el riesgo de no volverlos a ver nunca más. Pero sobre todo compartes la recompensa inmediata que es ver y a veces descubrir a tus bandas favoritas. Y después, ese éxtasis se queda permanentemente grabado en tu cerebro provocando una sensación de hermandad única en los tiempos que corren.

Por supuesto que no todo en mi discurso es sarcasmo e ironía. Yo como cualquier otro ser humano, estoy deseando ir a Coachella y a Lollapalooza el año que viene. Además puedo decir que una de las experiencias mas trascendentales de mi vida tiene que ver con el festival Werchter Rock 2008 celebrado en Bélgica. Todavía, cuando repaso las fotos de Facebook de aquellos días pienso “Me sobraban unos kilitos” y  “Es imposible que no fueran capaces de captar lo realmente maravilloso de aquella experiencia”.

1 comentario:

  1. Yo tengo un par de colegas cincuentones que encajan perfectamente en eso de la "experiencia más cercana a la adolescencia".

    Van de festival en festival ... eso sí, nada de tienda de campaña. Ellos van a hotelito que ya están muy "maltrataos" por la vida.

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