miércoles, 10 de julio de 2013

The Shadow Line.



“It´s alright. You are a good cop, but whether you are a good person… well, that´s not for me to say.” Le dice Gatehouse al inspector Jonah Gabriel. Con esa frase resume el conflicto del personaje y de la mayoría de individuos que pululan en The Shadow Line.
Escalofriante y perfectamente contada, esta serie es una de esas raras bellezas que produce la BBC. Una serie de siete episodios que se cuentan con precisión novelesca y que se cierra con maestría (Ojalá que nunca se hagan mas temporadas). Los fundamentos narrativos de esta serie están arraigados en la complejidad del género negro americano de la primera mitad del siglo veinte, y que pareció hacerse inservible después de que el caso Watergate despertara a la sociedad norteamericana de su largo sueño idílico. Antes de eso, el género negro era el encargado de mostrar ese lado oscuro y corrupto de la sociedad, la fina línea por la que se debe andar cuando se quiere mantener el orden. Y de como los guardianes de esta línea se deben de convertir en muros, con un pie de cada lado, para evitar que los dos mundos se mezclen. Los protagonistas eran outsiders ajenos a las actividades ilícitas de las mafias y criminales, al mismo tiempo que a los tejemanejes de los representantes de la ley. Conocidos y despreciados por todos, pero obcecados con la verdad y un principio de justicia muy personal.
The Shadow Line cumple con el género con una lealtad absoluta, pero es una serie británica, lo que significa que hablamos de gente acostumbrada a cuestionar a sus dirigentes y el sistema en el que viven. Y no le quepa la menor duda al potencial lector de este artículo y espectador de la serie que The Shadow Line cuestiona (me imagino que metafóricamente) la esencia de las estructuras en las que se sostiene las relaciones en esa fina línea. 
Quizás la sombra a la que el título hace referencia, también se refiera involuntariamente a la que proyecta este muro y provoca la luz de los inocentes e ignorantes. Lo bueno y lo malo se convierte en una cuestión de perspectiva para policías y mafiosos. Parece existir una sola verdad absoluta y es que solo eres tú en relación a los tuyos, y los tuyos son tu familia, ya sea un cuerpo de policía corrupto hasta la medula, la organización criminal de asesinos y narcotraficantes o literalmente tu propia familia.
No es de extrañar que los protagonistas que guían la historia sean personajes que, de una forma u otra, son ajenos a las “familias” con las conviven siendo fieles a sus familias reales, de donde surgen sus conflictos mas profundos. Por una parte, tenemos a Jonah Gabriel, un inspector de policía que perdió la memoria tras recibir un balazo en la cabeza y que vive sumergido en una investigación con el verdadero objetivo de redimirse a si mismo ante la sospecha de ser un policía corrupto, y que además vive una suerte de doble vida familiar. Por cierto, interpretado por Chiwetel Ejiofor, que protagonizó una de mis películas favoritas de la última década Dirty Pretty Things (Stephen Frears, 2002) escrita por Steven Knight. Y luego tenemos a Joseph Bede, un florista reconvertido en narcotraficante que, por azares del destino, ocupa el puesto de jefe de una organización criminal de la que quiere escapar en cuanto recupere el dinero que invirtió para volver con su mujer enferma de Alzheimer. Ambos son hombres de naturaleza justa y razonable, con motivaciones diferentes pero con roles parecidos en sus respectivos entornos. Viven rodeados de personajes se refugian permanente en la oscuridad, personajes llenos de secretos que nuestros protagonistas ignoran. Tampoco podemos olvidar la tenebrosa presencia de Stephen Rea en el papel de Gatehouse, quien, junto a Antony Sher, se lleva el premio a la mejor subtrama de la serie.                                  
El rol de la mujer en esta serie, que muchos podrían calificar de potencialmente misógina, es el aparentemente comun en el film noir. Personajes secundarios que despiertan los mas primitivos instintos de los hombres: pasión, protección y venganza. Pero al mismo tiempo da la impresión de que ellas ven ese mundo de hombres con desprecio y autosuficiencia. Sin ningún interés en participar en los juegos de la testosterona. Merece la pena verla hasta el final.
Es una historia contada con la máxima crudeza y violencia, es sangrienta y explicita, pero no de la forma en que lo es la obra de Tarantino. Esta serie está plateada en un universo en el que, gracias a la clásica iluminación de genero negro, las localizaciones reales adquieren la cualidad del decorado de cine. La luz existe o no existe, o el personaje esta en la absoluta oscuridad o totalmente expuesto y por tanto en permanente peligro. Ese es el mundo en el que se mueven, no existe el perdón ni la reinterpretación, no hay zonas grises, no hay excusas para cruzar la línea. 
            Con todo, hay que decir que quizás la serie tarda un poco en capturarte. El planteamiento es algo frio y tardas en entender que personajes tienen verdadero peso en trama (siempre que no hayas visto el cartel). Es inevitable el look videoso de las series de la BBC, pero en este caso es particularmente notorio y la banda sonora parece un sound-alike de la música de Vikings (History Channel, 2013) aunque esta serie se estrenó en el año 2011. Pero lo mas incomodo es tener que verle los labios a Kierston Wareing.
            Este artículo surge de un proyecto común con mi buen amigo y fantástico escritor Jithesh Prabhakaran, que recientemente ha empezado a escribir un blog llamado Hardboiled y con el que comparto una ciega pasión por el género negro.  Nuestro proyecto consiste en escribir diferentes críticas sobre The Shadow Line. Este es su texto sobre la serie, "Shadow inside The Shadow Line". Merece la pena leer todos sus escritos con atención, y si el lector no lee en ingles, Jithesh le recomendará usar Google Translate (así lee él mis textos).

sábado, 29 de junio de 2013

Cupcakes: pasteles de diseño.


Artículo publicado en la revista tuit en junio del 2013.


PASTELES DE DISEÑO.
Por Antón Goenechea Caballos

Desde hace un tiempo he podido percibir el crecimiento de una plaga terrible a mi alrededor, los cupcakes. Sin miedo a ofender a cualquiera que amablemente haya compartido conmigo esta aberración de la repostería, tengo que decir que estoy convencido de que estamos ante una de las mayores conspiraciones a las que se enfrenta la humanidad en la presente década.
Según Wikipedia, los cupcakes son un postre tradicionalmente norteamericano y la primera referencia histórica se encuentra en un libro de recetas de cocina de finales del siglo XVIII. Su popularización internacional le llego con numerosas referencias en la serie de HBO, Sex and the City. Demostrando una vez mas que la libertad que la cadena ofrece a sus producciones a veces nos hace pagar un precio muy alto a todos.
Creo que hace unos seis años vi la primera tienda dedicada exclusivamente a la venta de cupcakes en mi vida, eso fue en el barrio de Malasaña en Madrid. En un primer momento pensé que era un negocio muy original y decidí apoyarlo comprando un muffins (o magdalenas, como las llamamos en España) con algo que en ese momento identifiqué como una especie de nata insípida de color naranja y que ellos llamaban frosting de zanahoria. Hice lo que pude para ocultar mi profunda decepción después de haber pagado el 500% del valor de una magdalena cuyo único aliciente era el color de su decoración. Conseguí guardar aquella terrible experiencia en el lugar mas remoto de mi subconsciente y así poder seguir respetando a todos los jóvenes emprendedores del mundo. 
Afortunadamente, durante muchos años pude vivir ajeno a esta aberración, hasta que, poco después de llegar a México, pude ver florecer a mi alrededor una serie de establecimientos dedicados única y exclusivamente a la venta de cupcakes. En un primer momento sentí la misma reafirmación por el pequeño y valiente empresario que se lanza al vacío en el mundo de los negocios, pero por alguna razón la iniciativa se fue replicando a la velocidad del rayo. La gente empezó a llevar cupcakes a reuniones familiares, al trabajo, a casa de los amigos, a ver el Superbowl... la pesadilla empezó a hacerse más y más presente en mi vida hasta que acabé viéndome a mi mismo en un evento social, con el dedo impregnado en frosting que intentaba esconder debajo de una mesa y que finalmente acabo embarrado en mis pantalones (Hay que decir que aunque el glaseado se me hace repugnante, el bizcocho suele estar buenísimo).
En el 2010, la todopoderosa estrella de televisión Martha Stewart publicó un libro de cocina exclusivamente sobre el tema y un año después se estrenó la Sitcom norteamericana 2 Broke Girls, que cuenta la historia de dos chicas que trabajan como meseras y que quieren montar un negocio de cupcakes. Además en This is 40 (2012), dirigida por mi admirado Judd Apatow, el personaje de Paul Rudd es un adicto a los cupcakes. Quizá esté loco, pero las señales están ahí fuera, un postre tradicional americano, de los peores diría yo, que en menos de cinco años se vuelve omnipresente en cine y televisión, que coincide con la aparición de una serie de negocios no solo en EEUU, sino en todo el mundo… esto solo puede ser una conspiración para mantener su imperialismo culinario que en su momento empezó con Coca Cola, siguió con McDonalds y continua feroz con los Brunchs y la comida orgánica. O puede que seamos todos unos estúpidos que compramos la primera estupidez que nos ponen delante solo porque nos dicen que está de moda… No, sin duda debe de ser una conspiración.